El pasado 11 de enero amanecía con una noticia destinada a oscurecer no solo el resto de mi día, sino las posteriores escuchas a una de mis bandas favoritas. Neil Peart, uno de mis héroes, el eterno modelo inalcanzable, el artífice de las palabras que sacudirían por siempre mi exigencia con las letras de las canciones, nos había dejado. La muerte se produjo el martes 7, pero, muy en la línea de un Peart siempre muy celoso de su privacidad, no fue hasta el día 10 por la tarde que los miembros de Rush hacían oficial su fallecimiento. Se apagaba así algo más que uno de los mejores baterías de la historia, que no es asunto baladí, sino algo más que una estrella de rock: un filósofo, un famoso solitario, un escritor, y por encima de todo, una actitud mordaz y combativa que nunca cayó en vulgaridades o mofas para hacerse valer.

Corría un cálido verano de 2014. Por aquel entonces llevaba casi tres años tocando la batería, motivado por héroes de los parches tales como Mikkey Dee, Bill Ward, Nicko McBrain o Lars Ulrich. Recuerdo querer ir más allá del sonido estándar del heavy metal, más seducido por los suaves acompañamientos que precedían a “Infinite Dreams” que por el emblemático doble bombo de “Overkill”. Fue así como, buscando entre tops de canciones instrumentales, me topé con “Leave That Thing Alone”, un tema bastante pasado por alto en la discografía de Rush, pero que me sirvió para descubrir a la que sería una de mis bandas favoritas.

Sin embargo, aquel que escucha Rush, no puede evitar fijarse en la precisión milimétrica de unas bases de batería espesas y elaboradas hasta límites poco vistos en el rock, y en el directo en concreto con el que me topé, dicha apreciación se vio encarnada en un hombre que se alzaba con un gorro tribal y un rostro severo sobre un kit más grande que mi cuarto. Aquella fue mi introducción a Neil Peart, que con los años se convirtió en uno de mis principales referentes tanto musicales como intelectuales.

Rush me abrió un portal hacia una nueva dimensión musical, y fue la primera losa que pavimentó el camino hacia mi inmenso amor por el rock y el heavy metal progresivo. Me sorprendía lo poco conocidos que son en España, y más me sorprendió saber que jamás habían pisado nuestro país, pero sin duda lo que más me dolió fue descubrir que se habían separado justo el año en que los había descubierto. Pero sin duda, lo que más me acercó a la figura de Neil Peart, fue saber que no solo era un batería de otro planeta (pese a que en Rush son todos unos virtuosos), sino que era la mente detrás de las extraordinarias letras que daban vida a las canciones.

Hasta aquel entonces, siempre me había visto a mí mismo como una rara avis dentro de mi banda, ya que aun siendo batería, trataba de hacer letras con cierto significado y relevancia, principalmente sobre la novela que me estuviera leyendo en aquel momento, pero parece ser norma jurisprudencial indiscutida que dentro del formato de banda de rock, que el batería sea el eterno marginado, el tío que se limita a golpear unos tambores y que es fácilmente sustituible. Si, existen los Lars Ulrich y los Txus di Fellatio, pero ambos son el corazón de sus respectivas bandas, no como un Peart que se convirtió en tal por pura meritocracia.

Todo comenzó en 1974, cuándo Neil entró en Rush para sustituir a John Rutsey en la batería, revolucionando por siempre el sonido de la banda con su excelsa técnica y determinando su madurez temática con sus letras. Peart era un joven atípico, un intelectual desaliñado y escéptico de las ideas simplistas y poco elaboradas que predicaban la mayoría de las bandas de rock. Era fácil encontrárselo con la nariz metida en un libro, y parecía que la única forma de hacerlo hablar era si se debatía sobre música, siendo para lo demás un inconmensurable pozo de silencio que nunca hablaba de sus inquietudes o sentimientos.

Para ser justos, Rush nunca fueron una banda de rock al uso. Cuándo salieron de gira con Kiss en el 74, Gene Simmons llegó a pensar que eran homosexuales porqué preferían ver una película en su cuarto o leer a ligar con groupies o pegarse una juerga del quince. De hecho, Rush jamás podrían protagonizar una cinta como The Dirt, en que los excesos y las fiestas le roban el primer plano a lo musical, pero tampoco darían para un Bohemian Rhapsody, pues siempre han sido muy recluidos con sus vidas privadas, Neil sobretodo.

No, Rush siempre fueron una banda para inadaptados, prácticamente para frikis, para aquel chaval que se queda en casa leyendo la última novela de Brandon Sanderson porqué nadie le ha invitado a una fiesta, para el que hace de su soledad un palacio desde el que poder acceder a una verdad que muchas veces se oculta tras la inopia de un colectivismo indiscutido. Y Neil Peart fue el principal partícipe de ello.

“Nowhere is the dreamer, or the mistfit so alone” reza Subdivisions, uno de los temas más reconocidos de la banda, y es que pronto las canciones de Rush comienzan a llamarse “Rivendell”, “The Necromancer” o “Cygnus X-1”, bebiendo de la ciencia ficción y de la fantasía para dotar a sus letras de majestuosidad y de hermosas analogías.

Peart y política

Sin embargo, si algo ha sido la seña de identidad de las letras de Rush, ha sido su contenido político, siempre redactadas con la precisión del que ha leído y contrastado lo suficiente, lejos de las afirmaciones generalistas y que buscan tocar teclas eminentemente emocionales de canciones políticas tan famosas como “Imagine” o “Another Brick on the Wall”. Las letras de Rush dicen cosas como “Well, I know they’ve always told you selfishness was wrong, yet it was for me, not you I came to write this song”, “You don’t get something for nothing, you can’t have freedom for free” o “If you choose not to decide, you already made a choice”.

La culminación de las dos tendencias de Peart dio a luz a una de las mejores canciones de la historia, la celébradisima “2112”, en la que el batería utiliza el contexto de la ciencia ficción para desarrollar una historia sobre los peligros del culto a la mediocridad que bebe mucho de El Manantial de Ayn Rand. Fue por este trabajo por el que la prensa cayó ferozmente sobre ellos, diciendo que sus letras exaltaban ideales de extrema derecha y llamándoles nazis, siendo esta última afirmación especialmente desafortunada, ya que Geddy Lee es judío y sus padres son supervivientes del Holocausto.

Rush fueron castigados por un mainstream que castiga a los libres pensadores, que cae como un martillo sobre el clavo que osa sobresalir demasiado. Pero los canadienses, con Peart como cabeza de lanza, jamás se doblaron ni se dejaron influenciar, y como diría, esta vez Lee, usando su propia música lucharon “Making arrows out of pointed words”.

Es muy difícil que en el mundo de la música exista un artista realmente versado en las afirmaciones que realiza, y es que como ya señaló en su día el propio Bruce Dickinson, muchos creen por el mero hecho de estar en una posición en que les escucha mucha gente, sus opiniones ya valen más que las de los demás, pese a que no hay una sustancia real que las sostenga. “Though his mind is not for rent, Don’t put him down as arrogant, His reserve a quiet defense, Riding out the day’s events” dice Tom Sawyer, probablemente su canción más popular y la que mejor definiría la visión crítica e individualista que tenía Peart sobre el mundo.

Peart y la fama

Poco a poco, la fama fue llegando a Rush, y mientras que muchos la consideran una de las mejores consecuencias del triunfo, a Neil Peart siempre le produjo un hastío insoportable, llegando a causar que fuera difícil verlo con sus compañeros de banda en los acontecimientos publicitarios y que se negara a cualquier tipo de interactuación con el público en unos Meet and Greet que siempre aborreció. Nunca entendió que unos fans que pudieran empatizar con sus letras, fueran al mismo tiempo capaces de acorralarlo en el lobby de un hotel.

“I can’t pretend a stranger is a long awaited friend” dice Limelight, la canción que lidia justamente con esa eterna lucha que mantuvo el batería con la fama y sus seguidores. Neil Peart nunca fue una estrella del rock. Neil fue el chico silencioso que leía un libro en una esquina, y que aun así no dejaba a nadie indiferente cuándo abría la boca, una suerte de Keeanu Reeves musical. Neil fue la encarnación del espíritu universal de los baterías, siempre olvidados y aun así eficientes y orgullosos de su trabajo en la parte de atrás del escenario.

Muchos han llegado a decir que Neil Peart era un hombre prepotente y amargado, pero creo que el que pensara eso de él, nunca llegó a entenderle. Muchos famosos hoy en día te harán canciones sobre lo importantes que son el amor y la solidaridad, pero luego se negarán a hacerse un selfie con sus fans, mientras que el vocalista de death metal que escribe sobre como la humanidad le recuerda a un prolapso, resulta que grabará una dedicatoria personalizada a un fan que se va a casar.

Lo que quiero decir con esto, es que muchas veces los artistas pueden resultar contradictorios, pero Neil Peart nunca quiso engendrar fans, sino pensadores. Él era el que decía las cosas que el resto callaban por creerlas convenientes, él siempre dijo que no hay que negar la oscuridad que hay en nosotros solo porqué se nos haya educado en la creencia de que solo lo positivo es aceptable, él siempre quiso empujar a la gente a perseguir la verdad a cualquier precio, aunque para ello haya que herir los sentimientos de aquellos más cercanos a nosotros.

Peart y la tragedia

Pese a todo, la tragedia dejó su mácula en la vida del batería, y es que en poco más de un año perdió a su hija y a su esposa. La vida de los músicos parece estar abocada a la tragedia de una forma casi poética, pese a que la mayoría de ellos terminan así como consecuencia de una vida de excesos y adicciones que motiva la toma de las decisiones menos adecuadas. Sin embargo, a Neil la vida le golpeó de la forma más inesperada y dolorosa, y en el entierro de su esposa se acercó a sus compañeros de banda y les dijo: “Consideradme retirado”.

Cuándo pensamos en músicos en su peor momento, enseguida nos vienen a la mente fiestas fuera de control, jeringuillas atravesando brazos y una retahíla de álbumes malos o desastrosos que reflectan el mal estado que atraviesa el psique del artista, pero con Peart pasó algo totalmente distinto. Él se tomó un año sabático que por aquel entonces bien podría haber sido permanente, cogió su moto y se pasó los siguientes tres años alejado de la música, solo para volver mejor que nunca tras haber recibido unas clases que le dieron nueva vida a su estilo. Repito, Neil Peart, para muchos el mejor batería de la historia, tomó clases de batería cuándo tenía 48 años.

Aún en su hora más baja, Neil predicó con su ejemplo con mayor fervor de lo que lo había hecho con sus palabras. Siempre fue esa persona que nos demostraba que la soledad no es una maldición, sino que puede llegar a ser un palacio en el que reinar sobre el imperio de nuestra conciencia, y que antes de maldecir y ultrajar a una realidad que nos atormenta, lo que nos toca hacer es alzarnos y comprender que el dolor es una parte inevitable de la vida, pero que no es sobre lo que la vida gira, y que ser conscientes de su sombra nos permitirá embriagar y disfrutar su luz.

Las lágrimas vuelven a inundar mis ojos mientras escribo estas últimas palabras, mientras contemplo una vez más la trayectoria de un hombre que me ha inspirado y ha determinado mi forma de ser más allá de lo que cualquiera pueda llegar a imaginar.

Neil, estés donde estés, solo puedo darte las gracias. Gracias por enseñarme todo lo que una batería puede llegar a hacer y por impedir que me encerrará entre las paredes de un solo género. Gracias por hacer que me tirara horas delante de una hoja en blanco tratando de dar con una letra que fuera una décima parte de lo locuaz, hermosa, ingeniosa o reveladora que tú me has enseñado que una canción puede llegar a ser. Gracias por enseñarme el don de la soledad y de ser reservado, de decir lo que pienso y perseguir la verdad aunque todo el mundo se vuelque en mi contra.

Nunca te he conocido, pero para mí siempre has sido un mentor, incluso un amigo. Aunque ya no estés con nosotros, tu música me acompañará hasta que respire mi último suspiro.

Gracias Neil. Cambiaste mi mundo para siempre.

Marc Fernández