Desde John Bonham y Keith Moon nadie había llamado tanto la atención a la batería como Neil Peart. A comienzos de 2020, uno de los pilares de Rush dejaba este mundo -no sin antes firmar un incalculable legado-.

Hace justo un año, era innegable pensar que escribir un reportaje sobre Neil Peart horas después de la triste noticia de su muerte era algo oportunista. Con el tsunami de novedades diarias, se deja de lado de forma involuntaria el reconocimiento más que justo a grandes figuras del rock y el heavy metal, y no es hasta su fallecimiento cuando se toma conciencia de ello. El dicho es más que apropiado: no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. Aunque en esta ocasión sí existía un borrador desde hace varios meses de un reportaje -con el título provisional “¿Qué pasa con Rush?”- que recopilaba las últimas declaraciones del trío canadiense y con el que se intentaba dar claridad al final no oficial de una de las mejores bandas de la historia.

Después de terminar su gira “R40” para conmemorar las cuatro décadas de su disco debut homónimo, la actividad de Rush quedó paralizada en 2015. En los meses posteriores, el bajista y vocalista Geddy Lee y el guitarrista Alex Lifeson se dedicaron a dar rodeos con sus declaraciones respecto a su continuidad, aunque Peart, por su parte, dejó claro en una entrevista que había llegado el momento de su jubilación. Tras este anunció, Lee salvó la papeleta de forma momentánea contradiciendo a su compañero de banda y afirmaba que era información sacada de contexto, que se refería a un descanso.

Pero Lifeson era más directo con sus palabras, y a comienzos de 2016 reconocía en una entrevista en Rolling Stone que Peart “sufría dolores en sus hombros, sus brazos, sus codos, sus pies… Todo. No quería tocar si no estaba al menos al 100 %. Y en esta última gira, le resultaba muy difícil, cada vez más, llegar a ese nivel”. Fue a comienzos de 2018 cuando el guitarrista reconocía en otra entrevista con The Globe And Mail que todo había terminado: “Han pasado poco más de dos años desde la última gira de Rush. No tenemos planes de hacer una gira o grabar más. Básicamente, hemos terminado. Después de 41 años, creemos que es suficiente”.

Era evidente que Peart tenía problemas de salud debido a su artritis psoriásica y a una  tendinitis crónica, pero lo que sus seguidores desconocían es que se enfrentaba a un tumor cerebral maligno. Fiel a su carácter introvertido, luchó en silencio contra su enfermedad hasta que el pasado 7 de enero de 2020 fallecía a consecuencia de un glioblastoma a los 67 años de edad. La noticia no se hizo oficial hasta tres días más tarde y el mundo lloró la muerte de uno de los baterías más grandes de todos los tiempos.

La batería, un remedio para la autoestima 

La relación de Neil Peart con la batería se fraguó en la pubertad como remedio a los complejos habituales de la edad. Nació el 12 de septiembre de 1952 en el seno de una familia de granjeros en las afueras de Hamilton, Ontario (Canadá), y cuando cumplió los cuatro años se mudó junto a su familia a St. Catharines, lugar en el que su padre consiguió trabajo en una empresa de venta de maquinaria agrícola.

No era un chico muy atleta, y en más de una ocasión ha confesado que no le gustaba el hockey y que patinaba prácticamente con los tobillos, algo imperdonable para un joven canadiense que se convertía en víctima de las burlas de sus compañeros de clase. Entonces se enfocó en la música y, aunque era prácticamente un crío cuando comenzó a tomar lecciones de piano, no era el instrumento que más removía sus inquietudes. Su padre comprobó que golpeaba cualquier objeto que se encontrara por casa con dos palillos, así que lo animó a tocar la batería. Sus progenitores le regalaron un par de baquetas, un pad de práctica y lecciones de percusión bajo la condición de que, si continuaba tocando durante un año, le regalarían una batería. Sobra decir que cumplió con su promesa y sus padres también.

El hecho de ser un seguidor de la música rock y entrar en la secundaria, aunque no lo parezca, fue duro para Peart, que por aquella época de su vida se dejó el pelo largo y vestía pantalones de campana. En el documental ‘Rush: Beyond The Lighted Stage’ -dirigido por Sam Dunn y Scot McFayen y estrenado en 2010- recuerda que “me sentía un inadaptado todo el tiempo. Era un desgaste para cualquier niño, especialmente para uno sensible. Por eso la batería se convirtió en un remedio para mi autoestima. Era la primera vez que alguien me admiraba. Y eso hizo que quisiera tocar más”.

Su pasión por la batería fue creciendo y, después de tocar en varias bandas locales durante su adolescencia, dejó los estudios para dedicarse a tiempo completo. Mumblin Sumpthin, The Majority y JR Flood fueron algunos de los grupos con los que probó suerte antes de alcanzar la mayoría de edad, pero Peart quería seguir aprendiendo. Todo era insuficiente para el canadiense, y no dudó en mudarse a Londres con la esperanza de comenzar una carrera como músico profesional. A pesar de conseguir algunos ingresos tocando en clubs con bandas locales combinado con un trabajo como vendedor en una tienda de souvenirs en Carnaby Street, no terminaba de encontrar la evolución que buscaba y la desilusión no tardó en aparecer.

Varios meses después decidió regresar a su Canadá natal para aparcar sus sueños y trabajar junto a su padre. Aunque fue de forma temporal, su estancia en la capital británica influyó mucho en su vida, incluso a nivel ideológico. Allí se convirtió en un voraz lector de la autora objetivista Ayn Rand y nació su pasión por escribir. Años después reflejaría estas lecturas y estos momentos de su vida en las letras de muchas de las canciones de Rush.

Un día del verano de 1974, mientras trabajaba con su padre en la tienda de artículos de granja, paró en la puerta un Chevrolet Corvette blanco. Un vehículo bastante pretencioso y lujoso que no pasaba desapercibido por aquellos lares y mucho menos en una tienda de aquellas características. Se bajaron unos hombres que preguntaron por Neil para hablar con él en privado. Después de esa conversación y de pasarse toda la tarde dándole vueltas a la cabeza, le confesó a su padre que aquellos tipos eran los representantes de Rush y que querían que hiciera una audición para entrar en la banda. Los ánimos por parte de su padre surgieron de forma automática: “Esta es tu pasión. Es todo lo que has querido en la vida. Creo que deber hacerlo”.

El trío canadiense ya había publicado su debut homónimo y firmado un contrato con una discográfica estadounidense, aunque su sonido a lo Led Zeppelin era más que evidente. El siguiente paso era aventurarse en una gira por Estados Unidos, pero a falta de un mes,  a instancia de su manager, decidieron que su batería original John Rutsey no debía continuar ya que acarreaba problemas de salud debido a su diabetes y a su cada vez más peligroso hábito al alcohol. Se vieron obligados a buscar un reemplazo en un cortísimo periodo de tiempo y se habían fijado en Peart.

Geddy Lee recordaba que no le gustó la imagen del candidato en su primer encuentro: “era un tipo desgarbado, con pelo corto. Mi primera impresión fue que era medio tonto”. Alex Lifeson también reconocía que pensó en aquel instante que no encajaría en la banda por su aspecto. Pero cuando comenzó a tocar “fue increíble cómo hizo sonar esa batería. Tocaba como Keith Moon y John Bonham al mismo tiempo”. Neil siempre fue muy exigente consigo mismo -a mediados de los ’90 tuvo la humildad de asistir a clases del batería de jazz Freddie Gruber- y recuerda que no salió contento de su primera prueba con Rush. La sensación de Lee y Lifeson fue toda la contraria y le dieron la bienvenida a la banda. En dos semanas Peart tuvo que aprenderse todo el material para este importante tour. El primer concierto de la formación clásica de Rush fue ante once mil personas como teloneros de Uriah Heep y Manfred Mann en el Civic Arena de Pittsburgh, Pennsylvania. Su carrera no había hecho más que empezar.

A partir de ese momento Rush fue creciendo con cada disco y cada gira, aunque las críticas de la prensa fueron especialmente feroces con su propuesta musical. Poco les importaba, ya que su base de fans fue en aumento y siempre antepusieron sus principios sin que la presión de las discográficas hiciera mella en su arte. En cuanto a su sonido, tuvieron diferentes etapas, discos con mucho éxito comercial, otros que pasaron más desapercibidos… Para repasar la historia de Rush no existen páginas suficientes, y ahora es el momento de rendir tributo a Neil Peart.

La tragedia familiar que lo cambió todo

La vida adulta de Peart estuvo marcada por la muerte de su hija Selena en un accidente de coche en agosto de 1997 poco después de terminar la gira de ‘Test For Echo’. Por si no fuera suficiente, el destino le tenía reservado otra fatalidad: el fallecimiento de su esposa Jackie Taylor por cáncer en junio del año siguiente. Estas dos tragedias casi en cadena provocaron que Neil, ya en el funeral de su hija, le anunciara a sus compañeros de banda su retirada. Como es lógico, estas tristes noticias también tuvieron un impacto directo en la trayectoria de Rush. “Todo lo que tenía que ver con el grupo se paralizó en ese instante. No parecía importante. Era algo que ni se te pasa por la cabeza”, evocaba Alex Lifeson. Fue un duro golpe para el batería que “no encontraba su lugar y escapó”, aseguraba Geddy Lee.

Como los seguidores de Rush saben, Peart se montó en su motocicleta con intenciones de viajar por América durante un tiempo indefinido. “Fue un viaje de 88.000 kilómetros. Comencé por Quebec y llegué hasta el Ártico. Bordeé Alaska y llegué a México. Crucé México y por carreteras secundarias llegué a Belice. No sé si alguna vez me reconocieron en alguna cafetería, motel o gasolinera, porque era un tipo que se sentaba con una gorra y leía un libro. […] Salí del lugar más oscuro del que puede venir un ser humano, y fueron los paisajes, las autopistas y la vida salvaje lo que me dio la vida”, declaraba el batería.

En efecto; ese viaje le salvó y le cambió la vida. Durante su largo camino, a su paso por Los Angeles para visitar a Andrew MacNaughtan, fotógrafo oficial de Rush, este le presentó a una compañera que poco tiempo después de convertiría en su esposa: la fotógrafa Carrie Nuttall. Se casaron en septiembre de 2000 y una vez retomó la estabilidad decidió avisar a sus compañeros que necesitaba volver. Tanto Lifeson como Lee confesaron que en aquellos años daban por muerta a la banda, que estuvieron más de un años sin querer tocar o escuchar música, y aunque necesitaron unos 14 meses para poner de nuevo la maquinaria en marcha, en 2002 regresaban con ‘Vapor Trails’ -un disco sin teclados y sin solos de guitarra convencionales-.

El cantante rememora con nostalgia el primer concierto de aquella gira: “fue la primera vez que nos abrazamos antes de empezar un concierto”. A partir de entonces los miembros de la formación acordaron que el batería estaría ausente en las entrevistas con los medios ya que era innecesario exponerlo a posibles preguntas sobre su dura tragedia familiar.  Peart y Nuttall anunciaron a mediados de 2009 que sería padres de su primera hija Olivia, quien finalmente nació en agosto de aquel mismo año. Después de mucho tiempo, la vida le sonreía de nuevo.

Todas las vivencias de su terapéutico viaje las recogió por escrito en el libro “Ghost Rider: Travels On The Healing Road” que, por desgracia, nunca se publicó en castellano. A raíz de su crónica personal también comenzó a interesarse por la lectura de libros escritos por aventureros y exploradores. Como no podría ser de otra manera, esos años oscuros, ese largo viaje a modo de bálsamo y la avidez lectora que le acompañó toda su vida influyeron en las letras de los temas de Rush.

¿Quién deja que el batería escriba las letras?

Es indiscutible que Neil Peart ha sido uno de los mejores y más influyentes baterías de la historia. Sus ansias de mejorar día a día llegaban a niveles enfermizos, y era algo común que unos 20 o 30 minutos antes de cada concierto aprovechara para experimentar con nuevos ritmos mientras calentaba. A Peart no le gustaba perder el tiempo, no asistía a los meet & greet con los fans y concedía muy pocas entrevistas. Aprovechaba al máximo cada minuto de su vida y siempre le acompañaba un libro bajo el brazo para los tiempos de espera, ya fuera en la consulta del médico o mientras el mecánico ponía a punto su motocicleta.

Durante sus giras no era extraño que el batería cargara con su bicicleta para descubrir nuevas culturas y para adquirir cualquier objeto relacionado con la percusión entre show y show. Sus más allegados comentaban que su casa de Toronto era un museo de congas, djembes, gongs y tambores tribales -entre otros artilugios indescriptibles- que había comprado principalmente en sus viajes por China y África.

Esa inspiración mundial era más que latente en su forma de tocar. En una entrevista a mediados de los ’90 para la revista Modern Drummer, cuando recordaba el exitoso álbum ‘Roll The Bones’, comentaba que “en ese disco teníamos una canción llamada ‘Heresy’ que tenía un patrón de batería que escuché cuando estaba en Togo. Estaba acostado en una azotea una noche y escuché a dos tambores sonar en la calle de al lado, y el ritmo se me quedó grabado en la cabeza. Cuando comenzamos a trabajar en la canción, me di cuenta de que ese ritmo la complementaría bien”. Pero además de ser un batería más que imaginativo, entregado y técnico, también se encargaba de las letras.

En la ceremonia de la merecida entrada de Rush en el Rock And Roll Hall Of Fame en 2013, a lo largo de la presentación a cargo de unos divertidos Dave Grohl y Taylor Hawkins de Foo Fighters, el batería de los estadounidenses le dedicaba grandes halagos a Peart y destacaba su trabajo lírico: “No solo es el mejor batería del mundo. Él escribió las jodidas letras. ¿Quién deja al maldito batería escribir las letras? Rush lo hizo”.

Neil era una esponja que absorbía todos los momentos de su vida y los traducía en letras desde prácticamente su juventud. Cuando era tan solo un adolescente e intentaba ayudar a su familia con empleos temporales para subsistir económicamente, estuvo trabajando en Lakeside Park, cerca del lago Ontario. Ese lugar dedicado a ferias le sirvió de inspiración para una canción del mismo título que forma parte del disco ‘Caress Of Steel’. Los libros de la escritora Ayn Rand -acusada de nazismo por la prensa británica por su teorías individualistas en una época en la que el colectivismo estaba de moda- tuvieron un gran impacto en el joven Neil y se aprecia de forma muy concreta en muchas letras de los inicios de Rush, en particular en “Anthem” de ‘Fly By Night’ y en la suite “2112” del álbum del mismo título.

Su solitaria estancia durante su juventud en Londres también se ve reflejada en la clásica “Circumstances” de ‘Hemispheres’. La temática de sus letras era muy variada y tocó diferentes palos. Desde las más rocambolescas historias de ciencia ficción en sus comienzos hasta temas de actualidad mundial pasando por cuestiones espirituales y personales en su vida adulta. Sus letras no estuvieron tampoco exentas de críticas mordaces por parte de la prensa, pero Neil desveló en alguna que otra ocasión que nunca leía las reseñas de los discos de Rush ni opiniones ajenas. Debido a la técnica de los componentes del combo canadiense y a la multitud de detalles instrumentales, rítmicos y melódicos de sus canciones, muchas de estas letras pasaron desapercibidas. Aun así, el legado que ha dejado escrito Neil Peart es impagable y bien merece un profundo análisis.

El mundo todavía llora su muerte

Lars Ulrich y Kirk Hammett de Metallica, Paul Stanley y Gene Simmons de Kiss, Sebastian Bach, Dave Grohl, King Diamond, Zakk Wylde, Joe Bonamassa,Tom Morello, Judas Priest, Dream Theater, Tool, Anthrax… La lista de artistas que mostraron sus condolencias y sus homenajes tras el fallecimiento de Peart desde que se dio a conocer la noticia es infinita -al igual que la influencia que ejerció el batería en el mundo del rock y el metal-.

Más que dolorido se mostró Mike Portnoy, quien con el tiempo se convirtió en amigo de Neil y mantenía un constante contacto durante los últimos años -además de su archiconocido fanatismo por la carrera del batería y del trío canadiense-. Días después de que se conociera su muerte, el batería neoyorquino le confesaba a Blabbermouth que “sí, lo he sabido durante 2 años y lo mantuve en secreto. Todos los de su entorno y él hicieron todo lo posible para mantener la privacidad y el secreto. Y así era Neil, un tipo muy reservado”. Un hombre reservado, solitario, tímido, huidizo y esquivo, pero que ha dejado una enorme huella en el mundo de la música. Lo que más le importaba y de lo que más orgulloso se sentía es de que su arte fuera una gran fuente de inspiración, y así lo ha logrado.

D.E.P.

Satur Romero