De todos es sabido que en un concierto hay una cabalgata de emociones y sentimientos a flor de piel. Es habitual el ver a alguien con una lágrima en determinadas canciones o en determinados momentos de la actuación. Hasta ahora, para mi, era algo absolutamente ajeno y he dudado que pudiera pasar alguna vez. Pero sucedió…

Fue durante el concierto de Guns N’ Roses en Barcelona, y más concretamente durante la interpretación de “Civil War”, cuando unas furtivas lágrimas cruzaron mis mejillas al tiempo que Axl gritaba eso de: “My Hands Are Tired!”.

Ya había vivido “Civil War” con Slash en vivo, siendo cantada por el gran Myles Kennedy de Alter Bridge, pero vete tú a saber por qué, en esa ocasión la emoción no fue la misma. ¿Por qué? Quizá fue por el hecho de ver un estadio lleno y el contemplar a Axl, Slash y Duff por vez primera juntos… Reavivaron ese drama que supuso para mi el perdérmelos en 1993 cuando todos mis amigos, aun siendo todos unos críos, pudieron estar en el Estadio Olímpico de Montjuïc, y yo no.

Mismas endorfinas que en el sexo y en las drogas

Desde que los pitagóricos aprendieron que la música puede influenciarnos a nivel psicológico y que esta puede generar tristeza, alegría o rabia, los intérpretes siempre ha jugado con ello. Se han adaptado al “target” de potenciales oyentes y a la publicidad; y las discográficas han jugado con ello. Y desde hace un tiempo hasta ahora hay una máxima en este negocio: la nostalgia vende, pero más los sentimientos asociados. Somos capaces de pagar lo que sea por revivir el pasado.

Recientemente un estudio de la Universidad McGill de Canadá ha podido confirmar que los sentimientos de placer asociados a la escucha de tus canciones favoritas comparten y generan las mismas endorfinas que se desencadenan en el sexo y en las drogas, por lo que la emoción y el placer auditivo en el lo musical tiene una base química en el cerebro.

Retorno a la infancia

El caso es que para mi, “Civil War” en Monjuïc, fue una especie de regresión a la infancia. Revivió mis fobias y filias del pasado cuando con 14 años no pude asistir a ese concierto, y cabreado, ponía el volumen al 11 del “Use Your Illusion 2”, como compensación a aquella no-asistencia. Parece ser que esa rabia seguía en mi tras tantos años, latente, pero escondida, dándole la razón a las bases del pensamiento freudiano.

Bebé llorando

Queda claro pues que la música que más te llegará en tu vida es la que uno escucha durante su infancia tardía y juventud. La lección que pude sacar de todo aquello es que si ves a alguien soltar una lágrima en un concierto:

  1. No le digas nada
  2. No lo toques

Lo que está viviendo la persona que llora en un concierto es un viaje al pasado, se enfrenta a antiguos demonios y todo aflora en forma de lágrimas. Vale la pena vivirlo por mucho que te creas muy machito o que seas frío y calculador como un hielo perpetuo de Tunguska. Las lágrimas no te hacen ser menos duro, simplemente hacen que te conozcas más a ti mismo.

Jordi Tàrrega