Se habla a menudo del relevo en el mundo del rock. Lo cierto es que hace tiempo que una banda joven, formada por músicos enérgicos que ronden la veintena, ha tenido la oportunidad de cautivar al gran público. Bandas como Volbeat (Michael Poulsen tiene 43 años), Gojira (Joe Duplantier tiene 42 años) o Ghost (Tobias Forge tiene 37) son las sensaciones más recientes y tan solo ahora, a la edad en la que Kiss estaban casi reuniéndose con sus ex-miembros y siendo acusados de vejestorios desesperados por el dinero, están comenzando a alcanzar un status de cierta enjundia con el gran público.

Corría el año 1997 cuando en El Periódico de Catalunya se ofrecía una previa de lo que iba a ser la gira de Aerosmith en España, presentando en aquel entonces el disco “Nine Lives”. Mi yo adolescente se quedó especialmente petrificado al leer uno de los pasajes del texto, en el cual se hacía referencia a la cantidad resultante de la suma de las edades de todos los miembros de Aerosmith en aquel entonces. Un recurso muy habitual cuando se quiere incidir en la avanzada edad -en aquel entonces- de los grupos maduros del rock y el heavy metal. El sumatorio, que siempre resultará en varios siglos de ‘experiencia acumulada’, da una cifra mucho más rimbombante que las edades por separado. Decir que las edades combinadas de Aerosmith era de doscientos años en 1997 era una pasada. Hoy en día podríamos hablar de más de trescientos. Las estrellas del rock, los pioneros que dieron forma al género y lo hicieron una expresión cultural generacional para las masas están llegando a los setenta años. El propio Steven Tyler de Aerosmith los cumplió hace escasamente unos días, probablemente para sorpresa de sí mismo.

La edad es tan solo un número (alto)

Axl Rose (1962) va en firme camino hacia la sesentena -y eso que viene de la generación “joven” que se hizo grande en la segunda mitad de los 80. Nikki Sixx (1958) los cumple este año, aunque apurará hasta diciembre. Ritchie Blackmore (1945) va a cumplir 73 este año. El joven Angus Young (1955) tiene solo 63 años. Gene Simmons (1949) cumple 69 este próximo mes de agosto. Rob Halford (1951) cumple 67 este año. Klaus Meine (1948) va a por los 70 en unas semanas igual que su compañero de banda Rudolf Schenker. Incluso Ozzy, en dura pugna con Steven Tyler, por ser el milagro médico más inexplicable de las últimas décadas, cumplirá setenta años en este 2018. Los 54 años actuales de James Hetfield (1963) son, en comparación, la nueva adolescencia del heavy metal. Y seamos realistas: Phil Anselmo (1968) cumple 50. Joey Belladonna (1960) tiene 57. Till Lindemann de Rammstein (1963) ya tiene 55. Los músicos de la era del Black Metal van por los 40 y tantos (Ihsahn o Shagrath tienen 41 y 42 años respectivamente). La escena europea, por su eclosión más tardía, es la que tiene músicos más jóvenes: bandas como Nightwish o Edguy apenas superan los cuarenta años. Otras como Sabaton se acercan a ella.

Glenn Tipton ha abandonado recientemente Judas Priest debido al Parkinson a la edad de 70 años.

 

El relevo que no llega

Se habla a menudo del relevo en el mundo del rock. Lo cierto es que hace mucho tiempo que una banda joven, formada por músicos enérgicos que ronden la veintena, ha tenido la oportunidad de cautivar al gran público. Bandas como Volbeat (Michael Poulsen tiene 43 años), Gojira (Joe Duplantier tiene 42 años) o Ghost (Tobias Forge tiene 37) son las sensaciones más recientes y tan solo ahora, a la edad en la que Kiss estaban casi reuniéndose con sus ex-miembros y siendo acusados de vejestorios desesperados por el dinero, están comenzando a alcanzar un status de cierta enjundia con el gran público. Las bandas jovenes como Striker, Bullet, Alestorm, Battle Beast, Hacktivist, Toothgrinder, In This Moment (ojo, que Maria Brink también supera los cuarenta!), Parkway Drive o similares no pasan de ser segundos o terceros platos, en el mejor de los casos, en los festivales. Las que más público mueven, como Airbourne o los propios Parkway Drive, están al nivel de llenar un Razzmatazz o una Riviera en Barcelona o Madrid, recintos de apenas 2000 personas de capacidad. El salto a grandes recintos de Ghost (Sant Jordi Club en Barcelona y Wizink Center en Madrid) fue un bluff. Cambiaron de sala en Barcelona, pasando a Razzmatazz y en Madrid tuvieron apenas 2000 personas viéndoles en el Wizink, donde se quedaron más por cuestiones de producción técnica de su montaje que otra cosa.

Parkway Drive en directo en Madrid (Foto: Paco Garcia Otero)

Es evidente que la música de Kiss, Aerosmith, AC/DC o Metallica ha tenido treinta, cuarenta años para instalarse en la memoria y en las vidas del gran público, el público que no es necesariamente militante acérrimo de un género concreto, pero que sustenta con su volumen un negocio que no vivirá jamás de las pequeñas salas y los pequeños recintos. Por mucho que los devotos del heavy metal consideren que es un género que se debe a los pequeños recintos llenos de sudor y cazadoras de parches, la realidad es que el desarrollo de artistas, su puesta en la carretera para girar y llegar al público y su publicidad para darse a conocer son procesos costosos, una suerte de I+D que en su día llevaban a cabo las discográficas adelantando dinero a muchos artistas a la espera de que alguno de ellos pegase el gran ‘pepinazo’ y se recuperasen con ese todas las otras inversiones deficitarias, del mismo modo que una farmacéutica investiga y desarrolla a la espera de que una gran patente suponga una cascada de millones asegurada para el futuro. Todo eso ya no es posible: la mayoría de bandas tienen una oportunidad. Quizá dos en el caso de una discográfica independiente con pretensiones modestas y realistas. Hay una atomización constante del rock en infinidad de subgéneros, a menudo incompatibles entre si. El fan del Hard Rock no suele ser un gran fan del Black Metal. El Thrasher de pro no suele ser un tipo muy dado a escuchar a Leprous. Ad infinitum. Evidentemente que hay gente de mente abierta que disfruta de muchos géneros musicales pero ¿cuantas de esas personas ves en conciertos de múltiples géneros en una gran ciudad europea como Barcelona? ¿Treinta? ¿Cuarenta devotos? ¿Cien?

Las promotoras: nuevas responsables de I+D

Las grandes promotoras actuales como Madness Live, Bring the Noise o RocknRock pueden traer a artistas más modestos (H.E.A.T, Insomnium, Tribulation, Havok, Russkaja, While She Sleeps, Sólstafir) porque tienen detrás estructuras de negocio que lo permiten, sean grandes festivales como el Rock Fest, el Resurrection, el Leyendas del Rock o grandes tours como Kiss o Iron Maiden que aportan fondos en cifras más destacables que pequeñas giras de sala que apenas dan para pagar nóminas del personal que trabaja en las empresas productoras. Son las promotoras de conciertos las responsables actuales de hacer crecer a las bandas y de efectuar la inversión en I+D, empleando en ello una parte de lo que generan con otros grandes eventos que facturan grandes cifras.

Ghost en directo en Madrid en 2017 (Foto: Sergi Ramos)

Mientras tanto, el gran público tan solo acude a la llamada de los grandes. Las quejas sobre la cabecera de la mayoría de festivales son habituales. El Resurrrection Fest ha recibido palos este año por poner a “vejestorios” como Kiss y Scorpions en lo más alto de su cartel. El Rock Fest Barcelona recibe habitualmente, al ser un festival que tiene más bandas con miembros por encima de los cincuenta años de edad que por debajo. En cierta ocasión un promotor destacado me dijo que ‘a los abueletes hay que traerlos mientras puedan girar, porque un buen día no podremos traerlos nunca más’. La realidad es que las grandes masas no se mueven por Lamb of God. Una reunión de Pantera, última gran banda rompedora del heavy metal, llenaría a lo sumo un Sant Jordi Club con 4.000 personas. Los viejos del lugar ven a Sabaton como unos niñatos. Los fans de Sabaton ven a Accept como unos vejestorios. Incluso dentro de un mismo género, el heavy metal clásico, el público no se pone de acuerdo en apoyar a las bandas. Ver a ciertos ‘metalpacos’ huyendo de Sabaton como de la lepra cuando acabó el concierto de Accept en su gira conjunta de 2017 fue vergonzoso y, sin embargo, revelador.

Por otro lado, irrealmente, esperamos que los grandes del género, bordeando o superando la edad de jubilación, rindan sobre el escenario como si fuesen bandas recién llegadas, esos chavales de 20 y pocos años que vimos en los videoclips de los 70 y los 80. Mientras que los chavales de 20 y pocos años actuales malviven en salas como Rocksound o Wurlitzer para 70 fieles, esperando vender suficientes camisetas para comer o darse una ducha en un hotel esa semana. Esperamos que Di Stefano, que en paz descanse, juegue como Messi. Eso no es posible. El heavy metal y el rock siempre fue un juego de jóvenes, donde la testosterona y la energía bruta cimentó la leyenda de muchas bandas. Estamos desaprovechando a toda una generación de músicos relegándolos a un status tercermundista. Nadie dice que no pagues 100€ por ver a Guns N’ Roses odiarse sobre un escenario durante tres horas. Pero hay mucha música que descubrir si queremos que todo esto siga en pie en décadas venideras. En el espacio de los próximos diez años vamos a ver desaparecer una ingente cantidad de músicos que ahora llenan estadios. Y una vez estos desaparezcan posiblemente nadie más va a llenarlos.

Sergi Ramos