Cualquiera que pusiese un poco de atención podía ver que el Doctor Music Festival no iba por buen camino. La burocracia y la inconsciencia fueron sus principales enemigos en esta edición "Reincarnation".

A los que observamos este negocio desde la comodidad del que ve los toros de la barrera, el Doctor Music Festival en pleno año 2019 -y anunciado con tres años de antelación- nos parecía una barrabasada. Una idea que, por buena que fue en 1996, no tiene la menor de las conexiones con la realidad de la música en directo y de los festivales en pleno 2019. Y un festival no se consigue solo apelando a la nostalgia del que ahora tiene 45 y por entonces tenía 22. Neo Sala, la cabeza pensante del festival, no ha estado acertado esta vez. Si lo estuvo en 1996 cuando hizo algo que fue rompedor y disruptivo en el mundo de la música en directo de nuestro país. Pero viejas recetas no siempre curan dolencias presentes. 

El negocio de la música en directo y de los festivales ha cambiado radicalmente en las últimas dos décadas. Probablemente nadie lo sabe mejor que Sala, que al final es un promotor de pura cepa, de los de verdad. Es por ello que sorprende sobremanera que el idealismo de recuperar un entorno privilegiado como el de los Pirineos catalanes haya podido con el pragmatismo de lo que demanda el público en los tiempos que corren. 

A cada nota de prensa que recibíamos en esta redacción, más constatábamos que algo no estaba bien meditado dentro de todo esto. Desde la colocación de menhires para insuflar energías positivas en lo que sería el recinto del festival hasta las progresivas confirmaciones de grupos que se iban realizando en un tono tan ecléctico como el de 1996, cada vez arqueábamos más la ceja. Vivimos en los tiempos de la especialización, de las métricas y del big data. Organizar un festival debe ser mucho más medido y preciso que nunca antes a la hora de contratar talento. No todo suma: el público de Sabaton no va a pagar ciertas cantidades por entrada para verles en un festival donde comparten cartel con Rosalía. Más bien, al contrario. 

Un mercado distinto

Si bien en 1996, Doctor Music Festival aunaba bajo un mismo cartel a David Bowie, Iggy Pop, Sepultura y Lou Reed, hoy en día la fragmentación y atomización de los gustos musicales es tan amplia que el mismo modelo no tendría el mismo resultado -a la vista está.

Entra en juego la cuestión de la competencia: en 1996 el Doctor Music podía salirse con la suya porque, básicamente, jugaba prácticamente solo en el campo. Hoy en día la competencia es feroz y, concretamente en España, especialmente salvaje. Ante un Mad Cool, un FIB, Arenal Sound, Festival de les Arts, Weekend Beach, Starlite y una innumerable cantidad de eventos asentados y compitiendo por las bandas, el Doctor Music lo tenía complicado. Sumémosle los innumerables festivales destinados al rock, de los cuales no había prácticamente ninguno en 1996, y tenemos una receta para el desastre.

Me sorprende, personalmente, la arbitrariedad de la selección musical en lo que atañe a la música heavy. Difícilmente Sabaton o Behemoth tienen el peso específico que tenía Sepultura en 1996 o Megadeth en 1997. ¿No hay asesores? ¿Consultores? ¿No hay figura que diga ‘no, esto no cuadra y no suma’? Un festival bien curado en todos los géneros, si se quiere ser especialmente ecléctico como es el caso, es el secreto del éxito. La sensación que ha dado Doctor Music ha sido la de rellenar cartel con prisas ante una competencia insoportable que estaba imposibilitando que el evento avanzase en su contratación. Tras tres años anunciado, no fue hasta hace pocos meses que el festival comenzó a confirmar nombres. ¿Exceso de confianza? ¿Falta de previsión? La realidad es que el drama está servido.

Una serie de catastróficas desdichas

El negocio de la promoción musical se nutre a partes iguales de inconsciencia, ego y sentido arácnido. Las cosas pueden salir muy bien o muy mal y el giro hacia un lado u otro depende de cuestiones tan volátiles que el vértigo está asegurado. Estoy seguro de que en la cabeza de Neo Sala todo esto tenía una lógica pero la realidad del mercado y el exceso de celo burocrático por parte de la Agencia Catala de l’Aigua y su informe demoledor sobre la inundabilidad de la zona donde se quería hacer el festival han provocado un aterrizaje forzoso. 

No pudo ser. Como sueño era bonito. Pero pretender que un montón de gente de mediana edad y algunos jóvenes se fuesen a un festival a dos horas de Barcelona cuando tienen innumerables citas a tiro de piedra era jugársela mucho. Los números y, de nuevo, el exceso de celo burocrático han sentenciado. Una pena y una lección para el futuro.