Temas como “Chop Suey”, "Aerials" o la propia "Toxicity" marcaron una nueva generación. Publicado el 4 de septiembre de 2001, la agresividad y contundencia ya marcada en su debut homónimo llegó a otros niveles con este trabajo.

El mundo del rock estaba en un momento de incertidumbre a finales de los ‘90. Los grandes grupos de la década anterior se encontraban vagando por terrenos farragosos, el grunge fue relegado de su olimpo en un abrir y cerrar de ojos y ni siquiera los todopoderosos Pantera y Sepultura mantenían el nivel. Tan solo el nu metal de Korn, Limp Bizkit o Godsmack conseguía conservar el interés del respetable. Y en este punto emergió un grupo de estadounidenses de ascendencia armenia, de nombre System Of A Down, que rompió todos los límites establecidos en relación a las barreras del estilo. Su debut sentó las bases de un metal ecléctico, con guiños comerciales para las masas e influencias orientales.

Y con estos precedentes en 2001 sale al mercado ‘Toxicity’, con la icónica portada donde se puede vislumbrar las famosas letras de la montaña de Hollywood adaptadas al nombre del álbum. Pocos podían adivinar lo que este trabajo llegaría a significar ya no solo en la carrera del cuarteto, sino también en la historia de la música. El pistoletazo inicial viene de la mano de “Prison Song”, donde los riffs entrecortados de Daron Malakian dan paso a un gruñido rozando el gutural (cosa no muy común por estos lares) de Serj Tankian, antes del primer trabalenguas del vocalista, muy dado a fraseos a velocidades inhumanas. “Needles” pasa del titubeo de una guitarra casi limpia a un muro de sonido lleno de distorsión que desemboca en uno de los primeros interludios melódicos, los cuales serán protagonistas a lo largo de la obra.

Y es que uno de los puntos de inflexión en la carrera de System Of A Down vino de la mano de ese punto de comercialidad que se empezó a distinguir sobremanera con este disco. Solo hace falta escuchar canciones como “ATWA” o “Aerials”, las dos grandes representantes de la parte más amable de los californianos, para darse cuenta de la mejora sustancial en el plano compositivo en comparación a su predecesor. Y sin poder olvidarnos de que aquí se encuentran sus mayores hits -imposible olvidarse del “¡wake up!” de su celebérrimo “Chop Suey” o del final hecho por y para los circle pits de “Toxicity”-. Siempre recordado y nunca repetido, el genial ‘Toxicity’ sigue siendo referencia de muchos grupos y amantes de la música. Pocos discos siguen marcando tanto a las nuevas generaciones.

Jano Carbia