Situémonos en el centro de un estadio, en una tarde-noche de Junio. Están tocando Iron Maiden, Kiss, AC/DC, Guns N’Roses, Whitesnake, Journey, Ozzy Osbourne, Judas Priest, Metallica o quien quiera que sea.

Da igual: el estadio está lleno en un 75% por fans casuales que ‘tienen que ver una vez en la vida’ a quien sea que esté tocando y han pagado 100 € por el privilegio de dejarse cocer a fuego lento entre una multitud de miles y miles de personas mientras sostienen una birra que les ha costado casi la misma cantidad. El otro 25% son fans acérrimos, que vieron a dicha banda por primera vez hace veinte, treinta o cuarenta años, cuando “tu ni habías nacido” o que directamente se consideran más fans que el resto de fans por motivos a menudo opacos.

Una melodía de guitarra, un riff o un ritmo de batería invaden el aire del estadio. Es esa. Es ese tema. El tema que todos conocen. El que te has/han machacado como una gota malaya sobre tu frente a lo largo de las últimas décadas. La canción que te ha percutido los tímpanos hasta que la canturreas sin sentido en el trabajo, en la ducha, mientras te haces el tupper de la semana y hasta en la cola del banco donde vas a pedir un microcrédito para comprar la próxima entrada del próximo concierto.

En ese momento no lo piensas pero la única diferencia entre el hit novedoso de turno (Ariana Grande / Luis Fonsi / Bad Bunny / Gente de Zona / Rosalía) es la intensidad y dilatación en el tiempo de los impactos. A Rosalía te la meten cada día a presión durante uno o dos años. El “Highway to Hell” te lo han metido lenta pero firmemente a lo largo de cuarenta años. El efecto sobre tu subconsciente es devastador.

Lo escuchas en el Bershka de compras con tu mujer. En el bar de tu colega metalpacazo con futbolines en un barrio de la periferia. En Rock FM mientras vas a trabajar. En Rock FM mientras vuelves de trabajar. En versión nana en un juguete que le has comprado a tu hijo. En el ensayo de guitarra de la escuela de música a la que has apuntado a tu otro hijo, el mayor. En el Bóveda cuando vas a pillarla con gente de la mitad de tu edad una vez cada seis meses, cuando te dejan. En las fiestas del barrio. En un anuncio de coches, en versión jazz-lounge. La escuchas incluso en tus sueños.

Así que cuando suenan los primeros acordes y tu estas en medio de toda esa masa de gente que se viene arriba, te contagias. Te vienes arriba. Que cojones: estallas. La cantas como el que más. Berreas ‘jagüe to jel’ dando saltos e intentando no perder los pulmones haciendo ambas cosas a la vez. Te da igual que ese tema esté más trillado que el arroz a la cubana. Es el tema de tu vida. Da igual que “Touch too Much” o “Let There Be Rock” sean mucho más temazos, objetivamente hablando, que “Highway to Hell”. No te los han metido en el cortex cerebral de la misma manera que éste y no sientes lo mismo.

Luego llegas a casa un día, canturreando quizá “Sweet Child O’ Mine” porque la has escuchado en Rock FM, miras el móvil, ves una publicación de mierda en el Facebook de una web de mierda y acabas leyendo un artículo en el que relacionan todas esas canciones con las que has crecido, con las que te has enamorado, con las que has saltado y te has lanzado birra por encima, con una catedral que podría haberse quemado o no en una ciudad europea o no. Entras: lo lees en diagonal, te indignas porque tienen algo de razón, pero nadie te va a quitar que esas son las canciones de tu vida. Pones un comentario en dicho Facebook de dicha web. Te cagas en su calavera y en toda su estirpe. Te has redimido. Eres un campeón. Un crack. Un maquina. En tu mente, sigues cantando “Highway to Hell”. La publicación de dicha web decía que los temas que están más quemados que dicha importante catedral son estos:

AC/DC – Highway to Hell

Es un temazo. Para qué negarlo. Son tres minutos y veintiocho segundos de pura genialidad que solo podía salir de las mentes de dos tipos apellidados Young y de otro apellidado Scott, con la producción brillante de otro que se apellidaba Mutt Lange. Pero pocos temas del rock han sonado tantas veces, con tanta insistencia, en tantos sitios. 361 millones de reproducciones en Spotify en su versión de estudio. Más de 500 millones de reproducciones en las versiones oficiales que hay en Youtube. Una turra tremenda que solo puede equipararse a la de…

Guns N’ Roses – Sweet Child O’ Mine

Un tema que produce nostalgia, desde la primera nota de la Les Paul de Slash. Amores pasados, desencuentros que no se olvidan, conciertos de tres horas y media de pie en medio de un festival… una canción que nos retrotrae a situaciones vividas y que no siempre han sido felices pero que posee una de los melodías y sonidos de guitarra más perfectas de la historia del rock. Podrías cantarla tras un ictus. Es así de insistente. Pero vaya, que si no la volviese a escuchar nunca más, tampoco pasaría nada.

Judas Priest – Breaking the Law

A menudo discuto con los colegas sobre el hecho de que las canciones más famosas de cualquier grupo son aquellas más simples, aquellas que más fácil se lo ponen al oyente medio para trazar una relación con ellas. Hay motivos psicológicos de peso para que Dream Theater o Yngwie Malmsteen toquen para dos mil personas y AC/DC para 70.000, eso no hace falta ni decirlo. De todo el cancionero de Judas Priest, “Breaking the Law”, es el tema más transversal de todos. Es una melodía simplona, de parvulario, que todo el mundo puede cantar hasta en el peor de los estados etílicos. De ahí su grandeza. Y por eso nos la han machado imparablemente desde 1980, no sea que se nos olvide el riff.

Metallica – Enter Sandman

Una de las grandes virtudes de Bob Rock y Metallica en el Black Album fue coger a una banda salvaje, acelerada y comercialmente poco apta para la gran masa y convertirla en el más codiciado grupo de heavy metal de todos los tiempos. Y ojo, no es un disco simple, pero su producción aperturista fue rompedora para la época y los temas que traspasaron fronteras fueron aquellos más simples y con patrones de ritmo más firmes.

Podemos hablar de “Enter Sandman” como podríamos hablar de “Nothing Else Matters”, pero al ordenarlas alfabéticamente salía primero esta. Versionadas hasta el hartazgo ambas, tocadas en cada concierto, programadas en la radio hasta la angustia, se trata de los dos temas de Metallica más populares. “Enter Sandman”, además cuenta con la ventaja de ser heavy pero no muy heavy. Lo justo para que a quien no le gusta el heavy pueda decir que el escucha heavy y molar.

Iron Maiden – The Trooper

Estamos muy seguros de que a Steve Harris le da ardor de estómago cada vez que se gira y ve a Bruce Dickinson ondeando la banderita mientras el apoya la pierna en el monitor y toca las cabalgantes notas de bajo de “The Trooper”. Una vez más. Según setlist.fm, Iron Maiden la ha tocado 1521 veces en directo desde 1983, pero eso no tiene en cuenta todos los conciertos que no deben estar indexados en la base de datos. Versionada por casi cualquier banda de metal que quiera mantener su carnet, “The Trooper” es el tema ideal para ir a por una birra.

Europe – The Final Countdown

Europe marcaron un antes y un después cuando en 1987 consiguieron que un tema con tecladitos pasase a definir un género tan tosco como el heavy metal. Eran otros tiempos y hoy a nadie se le ocurriría relacionar a Europe con el heavy, pero en 1987 todo lo que tenía pelo largo era heavy. Desde entonces, no puede haber un concierto de la banda sueca en el que salgan con vida sin tocar esa canción. “The Final Countdown” es una canción tan clásica, tan afianzada en el subconsciente colectivo, que todo el mundo sabe identificar perfectamente su nombre y autor en cuestión de milisegundos. “El ninonino”, en ausencia de un título fehaciente, es una expresión que identifica la canción fácilmente. Un día Joey Tempest y John Norum se sentarán en el banquillo por esto.

Kiss – I Was Made For Lovin’ You

La gracia de lo mainstream, de los éxitos que traspasan fronteras entre géneros, es que no suenen para nada como la banda que los interpreta. Así pues, este éxito de Kiss editado en 1979 se alza con el peculiar triunfo de ser la canción que menos identifica a sus autores.

Los Kiss de la era disco fueron un pequeño intento de hacer que la banda se convirtiese en un mega-hit mundial en medio de su propia implosión. Lo lograron a medias: “I Was Made For Lovin’ You” fue un hit en la época (alcanzó el número 11 en las listas de Billboard en su momento) pero llegó mucho más allá una vez Kiss se convirtieron en un icono pop de la época moderna a partir de su reunión en 1996. Hoy en día, “I Was Made For Lovin’ You” sobrevive como soldado de fortuna, sonando en anuncios, programas de televisión, prostíbulos de carretera y politonos de móvil. Es el “Cuando Zarpa el Amor” de los peludos.

Sergi Ramos