No podría entenderse el thrash metal sin el tercer trabajo de los estadounidenses Slayer. Publicado el 7 de octubre de 1986 fue la primera colaboración de la banda con el productor Rick Rubin, cuya aportación ayudó a evolucionar el sonido de la banda. La fecha de lanzamiento del álbum se retrasó debido a las preocupaciones sobre la letra de la canción de apertura "Angel of Death".

El tercer trabajo de estudio que sacaron Slayer fue, probablemente, el punto más álgido del thrash metal. ‘Reign In Blood’ fue un disco que para la banda supuso un paso más allá en la evolución de su sonido. En buena parte, gracias al trabajo del productor Rick Rubin, quien hasta entonces sólo trabajó en discos de rap. Slayer se terminaron de asentar como una de las bandas principales del thrash metal, dando pie posteriormente a influenciar también a las bandas de death metal.

Tras la oscura complejidad que rodeaba a su anterior disco, ‘Hell Awaits’ (1985), la idea para esta ocasión era distinta: que fuese un bombazo de mecha corta. El disco no duraba ni media hora, pero contenía diez canciones rápidas, densas y llenas de odio. Ganaron un conjunto mucho más consistente e intenso siendo más claros y concisos de lo que fueron anteriormente, y esa fue una de las claves de su éxito. No había mejor forma que empezar un álbum con el himno por excelencia “Angel Of Death” y el grito ensordecedor de Tom Araya mientras las guitarras arrancaban para no darse ni un respiro en todo el disco. Tema que llamó la atención no sólo por su brutalidad, sino por hablar de la crueldad de los experimentos en seres humanos que hizo el médico nazi Josef Mengele. Lo cual hizo que se les acusara de ser simpatizantes con esta ideología, arrastrando así la polémica consigo. Y es que en este álbum se abrieron las temáticas de las letras, que ya no sólo se centraban en temas satánicos sino que también hablaban de religión, violencia, asesinatos, muerte y similares. Estas letras acompañaban a una parte instrumental caótica, terrorífica y sangrienta compuesta por los guitarristas Jeff Hanneman y Kerry King.

Los riffs estaban enfocados a crear una atmósfera violenta junto a la trabajada batería que machaca el maestro Dave Lombardo y el bajo de Tom Araya, cuyas vocales resultaban hasta intimidantes. Pese a que este álbum tiene sus dos canciones más icónicas, no son eclipsados buenos temas como la rápida “Necrophobic”, “Criminally Insane” o “Reborn”. El final del disco es apoteósico: “Postmortem” y su característico riff principal da paso a la épica lluvia de “Raining Blood”, que lentamente se abre paso para despedir el álbum siendo un compendio de riffs machacones. Slayer tienen otros álbumes buenos, sí, pero nunca habrá otro como ‘Reign in Blood’. Ni suyo ni de nadie.

Iria López