Siguiendo la estela de su magnífico debut 'Alice In Hell', el segundo trabajo de la banda canadiense irrumpió en el panorama con gran aceptación. La banda liderada por Jeff Waters mostraba un sonido más maduro y personal en este disco plagado de himnos.

Allá por 1990 una desconocida banda de thrash metal procedente de Ottawa publicaba su segundo trabajo, después varios años de pugna por salir de la irrelevancia musical y de un magnífico disco debut (‘Alice In Hell’, 1989). Ya en este segundo disco apreciamos la inestabilidad en la formación que caracterizaría toda la trayectoria de la banda liderada por el guitarrista Jeff Waters, con la salida del vocalista Randy Rampage y la entrada de Coburn Pharr, que a su vez tampoco participaría en la grabación del tercer álbum de la banda.

‘Never, Neverland’ sigue los mismos parámetros que el anterior ‘Alice In Hell’, pero quizá con un estilo más asentado, más maduro, más profesional. Las cualidades de Waters, tanto a la hora de componer como de ejecutar, evidencian el crecimiento de una banda con mucho futuro por delante. No es de extrañar que, dado el éxito comercial de ‘Never, Neverland’, el grupo se embarcara en una mastodóntica gira mundial en la que teloneó a bandas de la talla de Judas Priest.

El primer corte del disco ya es todo un anticipo de lo que va a venir. “The Fun Palace” es un trallazo de maestría, con una línea de bajo al más puro estilo Steve Harris y un solo de los que destrozan las cervicales de quien lo escucha. Más adelante, en el tercer corte del disco, “Sixies And Sevens” empieza con un arpegio de bajo un tanto psicodélico que nos conduce a un riff demoledor y ultratécnico y a unos cambios propios tan sólo de alguien con recursos compositivos ilimitados. Y para completar la tríada magistral de este magistral compacto, “Never, neverland” el quinto tema de este monumento metálico, que, junto con la ya mencionada “The Fun Palace” aún aguanta incólume en los set lists actuales de la banda. Este tema empieza de forma muy pausada, pero a estas alturas del partido ya sabemos que podemos esperar casi cualquier cosa de Waters y compañía. Una melódica estrofa con voces y guitarras limpias de ensueño nos transporta a un puente que nos induce a dudar de la realidad y a una estrofa central furiosa thrashmetalera.

Si bien este ‘Never, Neverland’ es ya de por sí un disco enorme, no sólo lo es por haber afianzado la carrera de su autor, sino que además logró dar un aire nuevo a una escena thrash que pronto comenzaría su mutación del final del milenio.

Francisco Santos