Hablábamos hace poco del final de las grandes bandas en la otra entrada de blog, y al hilo de ese tema, podemos seguir hablando de las curiosas consecuencias a las que nos está llevando la posmodernidad y ese alarmismo general provocado porque “las grandes bandas parece que terminan”. Lo he bautizado como la síndrome del “Hay que estar allí”, y es sencillamente que hay un numerosísimo grupo de gente que nunca había estado en ningún concierto de rock, de hecho, ni les interesa la escena ni el estilo, pero que asiste a los grandes conciertos porque… “Hay que estar allí”.
Las corrientes de opinión han hecho que cada show multitudinario sea visto como una oportunidad única o incluso la única oportunidad de ver a esa banda mítica en directo. Esto es lo que ha provocado que se agoten entradas en horas y que se paguen cantidades astronómicas para asistir a conciertos a los que muchos ni siquiera se habían planteado estar. Pero “Hay que estar allí” y… sobretodo… ¡hacer fotos! Eso es lo más importante para esa clase de “nuevos fans”. Los mismos que hacen colas para conseguir una entrada de Bruce Springsteen, U2, Iron Maiden, Roger Waters o para el Wacken. Tienen como máximo objetivo hacerse una foto del momento para enseñar a sus colegas y decirles: “Yo estaba allí”.
Este tipo de animal pseudorockero lo aplaude todo, lo da todo en los conciertos y descubre asombrado ciertas cosas que desconocía. Entre ellas que la música está muy alta o que no se puede estar en primera fila a no ser de que aceptes según que actitudes o tengas intención de bailar pogo. Una simpática pareja quería llegar a primera fila en Agnostic Front y hacerse una foto dándose un beso… En fin, ni beso ni cámara, ni primera fila. Y se quejaban, invitando a la gente que estuviera algo más calmada. En el Azkena de hace unos años tuvimos que sufrir a una de estas chicas que te pide una y otra vez que le hagas fotos, que aparezcas tú y tus amigos en las fotos y que te cuente su vida y milagros. Pero si le preguntas por Molly Hatchet, el grupo que estaba tocando y en el que ella estaba en primera fila, te responderá con otro click de su Nikkon o mandará un mensaje a su amiga del alma diciéndole que se lo está perdiendo… que “Hay que estar allí”.
Es una curiosa subespecie digna de estudio, pero no deja de ser divertido ver que bandas clásicas ahora gozan de un nuevo público totalmente alejado de su estilo y onda. Ese mismo público nunca comprará su disco, pero que sí comprará sus camisetas, pues ante todo, repito: hay que demostrar a los colegas que “Hay que estar allí”. La prueba de todo ello la tuve cuando la venerable madre de uno de mis mejores amigos, y que desconoce tanto el rock como la reproducción de la araña ártica, asistió al concierto de U2 en Barcelona. Esa mujer en su vida había escuchado U2 pero sintió la necesidad de asistir allí, y allí recaló. Le pregunté: ¿“Qué canción te gustó más?” “Esa tan bonita… no sé como se llama”. ¿La que tocaron al final? “Uy no, no me quedé hasta el final, que la música estaba muy alta. Con una hora tuve bastante”. Pero lo feliz que estaba ella de decirnos: “Yo estuve allí”, mientras nos mostraba orgullosa una camiseta de U2 comprada a precio astronómico y que jamás llegará a ponerse.

