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The Metal Circus
Reportaje

EL NIÑACO DEL BMW

Oficina del INEM. 9 de la mañana. Mientras espero que el funcionario pasivo, deferente y negativo de turno termine su desayuno, y así poder hacer las gestiones de varios clientes de un puñetera vez, para también hacer lo propio, observo la tristemente y cada vez más famosa larga cola del paro. Una imagen desoladora, para qué nos vamos a engañar, pero la mar de variopinta. Se me acerca un hombre y me pregunta de qué color es el ticket que tiene que coger para solicitar el desempleo. El verde, – le indico – en aquella maquinita de allí. Gracias señor, me responde y me quedo pensando por varios motivos. Uno de ellos es que se ha dirigido a mí tratándome de usted, algo a lo que no me termino de acostumbrar, y otro, que nada más entrar ves dos grandes carteles que te indican qué color de ticket debes coger para según que trámite dentro de esta minúscula oficina de empleo; una de tantas de esta España burrocrática. No sabe leer, pienso. Lo observo más fijamente. Unos cuarenta y tantos largos. Camisa y abrigo raídos de tantos lavados. Pantalones de cualquier mercadillo. Zapatos con suelas que han conocido a más de un zapatero barato. Y entonces es cuando uno imagina su vida. En el paro, sin estudios, con pocas posibilidades, y casi seguro, con dos o tres hijos que también rompen zapatos. Después me fijo en su mirada. Absorta, tímida y humilde. A este hombre no sólo le han quitado su puesto de trabajo, lo que le han robado es su dignidad. Entonces, con los papeles que le ha dado su empresa temblándole en las manos, se me acerca de nuevo y me formula un par de preguntas a las que accedo a ayudarle de muy buenas ganas y además le relleno el formulario de marras porque “no sé escribir ni leer muy bien”, me confiesa.

Casi al mismo tiempo, en la calle se oye un coche con música de lolailos a toda caña aparcando en lo alto de la acera. Evidentemente, dentro de este marco de silencio, y de pocas bromas, todos dirigen su mirada hacia fuera, y observan como un chaval de unos 19 años, con su recién estrenado BMW, le da la última calada a su correspondiente porro matutino, y un largo y salivoso beso a su novia maquillada y vestida como para ir de fiesta (es martes, y repito, son las 9 y media de la mañana), antes de entrar con cara de perdonarte la vida como se te ocurra clavarles los ojos más de un segundo. A él o a su acartonada novia. Entra, y por lo visto conoce a alguien de la cola. A voces, hace públicos sus deseos “de chupar del Gobierno, mientras sube de nuevo la construcción”, porque “la letra del coche, lo que chupa de gasolina y las juergas se llevan lo suyo”. Y es que por lo visto, “la pájara que me he echado, además de chuparme los huevos también chupa de mi bolsillo”. Entonces es cuando a uno le entra el instinto asesino. Es cuando le entra ganas de pegarle con todas las fuerzas y de empujarlo a la calle y aconsejarle, con muy malas ganas, que a su edad aún hay posibilidades, que las busque y las rebusque y que se deje de lucir su lujoso coche chupón, su gruesa cadena de oro y a su novia la chupona. Que el desempleo se acaba, chaval, y es posible que antes de que la construcción suba. Pero entonces una voz interrumpe mis maquiavélicos pensamientos: ¿Te importa si te doy el teléfono de mi vecina (yo no tengo, me lo cortaron) por si usted se entera de alguna empresa de la asesoría en la que trabajas, que necesite a gente?. Claro, le respondo, ¿para que tipo de trabajo?. Para el que sea, me susurra con la voz entrecortada y llena de falsas de esperanzas: Tengo tres hijos que mantener.

En ese momento, el niñaco del BMW se comienza a impacientar, hace varias preguntas absurdas al aire, y paga su frustración retocándose su cabeza embadurnada de gomina con la pantalla del ordenador exterior de ofertas de empleo por espejo; no sin antes hacerle señales lascivas a su novia la chupa-huevos. Y yo me pregunto: ¿en que se ha convertido este puto país?