A Mötley Crüe hay que reconocerle una cosa: fueron los primeros en exponer las glorias y miserias de su banda una manera tan cruda y poco beneficiosa -aparentemente- como hicieron en “The Dirt”, su libro colaborativo junto a Neil Strauss.

Aquel libro, aquí traducido como “Los Trapos Sucios”, marcó un antes y después en lo que se supone que debe ser una biografía de rock and roll. Todos los que han venido después, desde Keith Richards a Ace Frehley, desde Glenn Hughes a Slash, desde Dave Mustaine a Ozzy Osbourne, han sido mucho menos entretenidos. Nadie, absolutamente nadie, resume mejor lo que era la basura blanca norteamericana (“White trash”) como Mötley Crüe en los años ’80. Podían drogarse, asesinar, maltratar y odiarse a sí mismos y a quienes les rodeaban y salir absolutamente indemnes. Como decía Nikki Sixx en un pasaje del libro “podría haber salido a matar gente por la calle y eso tan solo me habría hecho vender más discos”.

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Sin embargo, en el año 2019, llegan tarde y mal al género de los biopics. La tan cacareada película de “The Dirt” (o lo que es lo mismo: llevar a la pantalla la díscola vida de cuatro tipos sin ningún escrúpulo aupados por el triunfo masivo en una época acorde a la música que hacían) es un ejercicio pobre argumentalmente y justito cinematográficamente para una historia tan apta. Se puede decir lo que se quiera de los saltos temporales para favorecer la narrativa que hay en “Bohemian Rhapsody” o de su intento de mostrar la cara menos sórdida de la historia de Freddie Mercury pero, al menos, fluye con gracia.

En el caso de “The Dirt”, tras tantos años de planificación, parece que el grupo ha tenido prisa por ponerla en circulación. En el lado positivo, lo ha hecho con Netflix: no hace falta que la gente vaya al cine. Ya vas tu, con tu película, a sus casas. Por otro lado, ha intentado resumir un libro de más de 400 páginas en una historia visual que, en el mundo actual, consigue sonar manida pese a lo espectacular que pueda parecer a priori leyendo el libro.

“The Dirt” está excesivamente centrada en el proceso de ascenso de una banda de presuntos colegas y como consiguen hacerse un hueco en el difícil mundo de la música. Si bien es un proceso necesario para entender los éxitos futuros, la película pierde mucho tiempo en ese aspecto, pasando muy de puntillas por los conflictos reales que tuvieron Mötley Crüe a lo largo de su carrera y que pueden generar los picos de interés de la película. Para quien no guste del heavy metal, si la idea era acercar Mötley Crüe a un nuevo público, “The Dirt” se centra demasiado en el cliché de banda de peludos camorristas. Evidentemente, Mötley Crüe eran eso en gran medida, pero había otras maneras de narrarlo sin incidir tanto en ello.

Nikki Sixx omnipresente

Más allá de la omnipresencia de Nikki Sixx como hilo conductor de la película y su proyección como auténtico cerebro y hombre de negocios de la banda, “The Dirt” hace poco hincapié en los momentos clave de otros miembros. Se pasa rápido por la muerte de Razzle de Hanoi Rocks por culpa de un alcoholizado Vince Neil al volante y la muerte de su hija Skylar aparece casi de manera anecdótica.

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La cárcel de Tommy Lee por maltrato doméstico a Pamela Anderson también se pasa por alto. Tan solo la enfermedad ósea de Mick Mars parece tener cierta continuidad a lo largo del film, pero sin entrar en demasiado detalle ni darle demasiada voz. Se caricaturiza a los personajes -necesario para poder llegar al gran público sin exceso de matices- pero falta darles algo más de fondo, sin duda.

Leía un artículo hace poco sobre como todos los biopics tienen un desarrollo prácticamente calcado y el de Mötley Crüe (y también el aclamado “Bohemian Rhapsody”) se ajustan tanto a la fórmula que se tornan cansinos para quien quiere verlos con ojo crítico. Pero sería algo así como esto:

  • Integrantes de una banda se conocen de manera dudosa. No quieren trabajar juntos porque no se soportan pero al final se dan cuenta de la genialidad los unos de los otros y dan el paso.
  • El éxito llega rápido, tras un par de giras en furgoneta que se rompe frecuentemente, y la banda comete todos los errores que puede cometer en el lapso de tiempo más breve que les sea posible. Imágenes de directo mientras pasan nombres de ciudades sobreimpresionados en la pantalla, o un itinerario de gira con sus fechas y recintos.

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  • Banda pasa por una aguda crisis interna. Hay mucha droga y un manager un poco crápula. Algún miembro se va. Lo sustituyen. Nada es lo mismo. El público les da la espalda.
  • El miembro que se había ido vuelve y la banda es más fuerte que nunca. Hacen una gira que lo peta interplanetariamente y el último plano de la peli son los integrantes ante una gran masa de gente haciendo justo eso: petarlo.
  • Si la historia sigue: se pone en un par de textos sobre imágenes de directo justo antes de los créditos. Si la banda no sigue… vaya, siempre siguen. Sino no hay historia triunfal de autosuperación y amistad por encima de todo.

Excesiva caricaturización

Las comparaciones son odiosas pero no cabe duda de que Sixx ha tenido prisa en capitalizar el auge de los biopics por un lado y de Netflix por otro. El producto final es una aburrida colección de tópicos sobre la vida del rock and roll que no termina de convencer sobre una cama de fotografía normalita y un guión que podría haber dado mucho más de si. Una historia como la de Mötley Crüe, bien explicada, daría para una trilogía cinematográfica.

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La caricaturización excesiva puede ser graciosa pero poco efectiva a la hora de acercar el personaje al público. Mötley Crüe eran seres deleznables que no se soportaban y siguen sin soportarse: presentarles como un triunfal grupo de amigos es faltar a la verdad y cargarse una historia que daría mucho más juego de reflejarse con más mimo las relaciones interpersonales de los miembros en lugar de plantearlos como un simple grupo de amigos que suben juntos al carro del éxito.

Sergi Ramos