- Fecha
- 11 de noviembre de 2004
Y por fin los teníamos aquí de nuevo. Tres años después se volvía un servidor a personar ante el Pavelló Olimpic de Badalona para presenciar la actuación de los inefables germanos. No fue fácil lograr llegar al recinto, ya que unos desalmados me secuestraron y me metieron en un coche bajo el amparo de aquella frase que dice algo así como “yo sé ir”, “yo se ir”. Pero tras media hora de idas y venidas, allí nos plantamos. A diferencia de la última visita de Rammstein, en esta ocasión, la nieve no hacía acto de presencia, delegando de tal forma la fotografía bucólica del evento al desván de nuestros recuerdos. ¿Y las legiones de seguidores? Sí, ellos no faltaron. Fuera del pabellón había ambiente y no eran pocos los que se agolpaban en las puertas, deseosos de levantar la tregua a su desmelene.
Una vez dentro, ya ubicados y con la calma, llama la atención lo variopinto de la concurrencia: heavies, nu-metaleros, góticos, pijos, adultos entrados en años,… realmente en pocos conciertos nos toparemos con un público tan variado como el que se dio cita esa noche. Sin demasiada demora y con cascadas de gente entrando en el pabellón, comienzan su actuación Exilia, una banda italiana de nu-metal desconocida por completo que acaba de editar su primer disco, “Unleashed”. No quiero ni imaginar la de pasta que habrá tenido que soltar su discográfica para meterlos en una gira mastodóntica como esta. Como particularidad, tan solo destacar que la banda es comandada por una frontwoman de armas tomar que se hace servir de su voz rota para resaltar las agresiones sonoras que sus compañeros perpetran. Partiendo de las premisas que caracterizan a este estilo, no lo hicieron nada mal, sobretodo teniendo en cuenta algunas formaciones insufribles de nu-metal que he tenido que soportar sobre un escenario abriendo para grupos grandes (como por ejemplo Disturbed teloneando a Marilyn Manson hace cuatro años: todavía hoy me duele la cabeza). Caldearon un poco más el ambiente, que es de lo que se trataba.
Volviéronse a encender las luces y comenzó la cuenta atrás para que Rammstein asaltaran las tablas. Bastante flipante fue ver cómo en los prolegómenos del evento la gente ya no cabía en la cancha del pabellón ni en las gradas y que muchos no tuvieron más remedio que quedarse de pie en las escaleras, ante la imposibilidad de ir a ningún otro sitio. Menudo llenazo. Por otra parte, llamaba bastante la atención ver cómo los roadies del grupo iban con camisa, pantalón y corbata, al igual que Till y los suyos en las fotos promocionales del disco.
Pasaban veinte largos minutos más allá de las diez de la noche, hora en la que debía haber comenzado el concierto, cuando se apagaron las luces. El gran telón negro que hasta entonces nos había estado ocultando el escenario cae y los “pipas” comienzan a pasearse con unas linternas por la zona inferior como si estuvieran buscando algo. Acto seguido, éstos desaparecen y en la estructura superior del escenario vemos la batería en la zona central, así como a los guitarras y a Flake con un acordeón a los lados. Suena la canción homónima que abre su recientísimo “Reise, Reise” y el público explota de júbilo. A los pocos segundos, Till Lindemann aparece por una compuerta habilitada en la zona media del piso inferior del escenario y comienza a cantar mientras los dos guitarras descienden al unísono subidos en unas plataformas móviles que utilizarán para ir de una de las estancias a la otra a lo largo de toda la velada.
Ya desde el principio vemos que los aspectos definitorios de los shows de Rammstein no han variado un ápice: el aspecto sobrio e industrial del escenario, las estructuras metalizadas, la frialdad, la poca comunicación con el público, los movimientos robóticos del rarito teclista Flake y el sonido robusto y corpulento. Por otra parte, el otro gran aliciente de la puesta en escena de los germanos haría acto de presencia a partir del siguiente tema. Con “Links 2-3-4” aparecieron las primeras explosiones, mientras que en “Feuer Frei” Paul, Richard y Till se armaron con sus máscaras lanzallamas hacia el final del tema y, por ende, tres lenguas de fuego hicieron que sintiéramos el calorcito en nuestras narices. Ciertamente espectacular.
Cuando Till no cantaba, a menudo solía cruzar sus brazos detrás de la espalda y permanecer inmóvil mientras su mirada nos barría con petulante exuberancia. Distante, poco comunicador y prácticamente sin animar al público en ningún momento, ahí estaba él. Ilusos los que critican esta actitud, pues esa frialdad forma parte del concepto que es Rammstein en su totalidad. El día que el señor Lindemann se ponga a dar palmas y a dar saltos es que cuanto menos el barco se está hundiendo. No sería hasta el cuarto tema cuando el ínclito grandullón nos dedicaría un ortopédico “Buenos días, Barcelona”.
Tras la eficiencia del estribillo de “Morgenstern”, los alemanes nos deleitaron con el tema que más polémica ha causado de su último disco, el single “Mein Teil”, basado en el caso del caníbal de Rottenburgo. Aparece una enorme olla en escena que nos hace presagiar lo mejor. Till salta a escena con ropajes de cocinero, así como con un cuchillo que hace las veces de micro y comienza a sonar el tema. Pero hay alguien dentro del gran puchero: es Flake que, ocasionalmente y cuando Till no mira, se asoma y toca el teclado que se encuentra en el borde del gran cazo. Embutido en un traje negro y con una especie de pinchos en la cabeza, el teclista no tarda en sufrir en sus carnes los fogonazos de un lanzallamas que Till dispara contra él. Hacia el final de la canción, Flake sale corriendo por el escenario mientras unos petardos ubicados en sus codos se van consumiendo. Mientras, Till no para de perseguirlo en lo que se traduce como el momento más cómico de la actuación.
A continuación, nos sorprenden interpretando el extraño corte acústico de su último redondo. “Los” ameniza la velada gracias a una sonoridad que se desmarca del resto de temas gracias a sus acústicas y a la armónica que utiliza el cantante, sumiéndonos en una especie de estado alucinógeno. A medio tema se detienen y mientras Flake se queda tocando unas notas con el teclado que ahora lleva colgado del cuello, los guitarras cogen sus eléctricas y deciden, a diferencia de cómo aparece en el disco, hacer la segunda mitad de la canción con distorsión.
Con el inicio de Moskau ascienden por el fondo del escenario unos enormes paneles de luces que a partir de ahora nos acompañarán hasta el final del evento produciendo efectos varios y haciendo aparecer en un par de ocasiones el logo del grupo. Quizá este tema queda un poco deslucido al encontrarse las peculiares voces femeninas que lo adornan pregrabadas, con lo cual la canción adolece un poco de falta de gancho. En el apartado pirotécnico, aquí Till saca un arco cargado de surtidores que comienza a hacer girar en el sentido de las agujas del reloj durante un corto período de tiempo. Lo cierto es que la iluminación, excelente, también contribuye a crear diversos efectos que enriquecen el desarrollo de los temas, apareciendo además en diversas fases del espectáculo una especie de llamas rojizas y verdes que ayudan a provocar un efecto parestésico en el respetable.
Caen “Du Riescht So Gut” y el radiado hit que les dio la fama “Du Hast”, recibido, como no, de forma muy calurosa, tanto por público como por los numerosos llamarazos que empezaron a emerger de varios lugares del escenario.
Durante la potente y clásica canción que da nombre a su segundo disco, “Sensucht”, Till aprovecha para coger un segundo arco que dispara en vertical y que produce que dos efectos pirotécnicos a modo de cohetes sobrevuelen nuestras cabezas a través de dos cables conductores habilitados que van a parar al pie de las gradas. Tras este tema, vuelven al ataque con otro single de su nuevo disco; suenan los primeros riffs de la mordaz “Amerika” y el cantante aparece en escena con el sombrero del Tío Sam y su consabida banderita americana que no tarda en quitarse y restregarse por la entrepierna para, acto seguido, lanzárselo al público. Por supuesto, el estribillo de esta canción invita a ser coreado en masa y el público, entregado, no se lo piensa dos veces. En los compases finales del tema, tres surtidores comienzan a disparar confeti con los colores de la bandera americana a diestro y siniestro, inundando todo el pabellón hasta el punto en que en algún momento costó distinguirse el escenario. Efectista e irónico a partes iguales.
A continuación Rammstein se marcharon del escenario, aunque no tardaron mucho en volver. Le tocaba el turno a la canción que da nombre al grupo y que hace referencia a la tragedia aérea que asoló a dicha localidad alemana. Las primeras notas de “Rammstein” suenan con fuerza y Till canta con un lanzallamas en cada mano que hace disparar intermitentemente. Personalmente, eché de menos que el cantante interpretara esta canción envuelto en llamas, tal y como ocurría en giras pasadas. Pero bueno, no todo va a ser siempre igual. “Sonne” fue la siguiente en caer, apareciendo en los focos del fondo los números que se iban recitando en el estribillo. Sonaron “Ich Will” y “Ohne Dich”, lo que supuso que apareciera el ya clásico número de lancha + músico surcan el mar de cabezas. En esta ocasión le toco al bajista Oliver darse el paseo. Me preguntaba si la cosa saldría bien como siempre o si los fans intentarían esta vez llevarse a la zodiac y a su comandante para casa. Pero no, tras trazar un gran semicírculo, Oliver volvió al escenario sin haberse roto ningún hueso y tal y como mandaba el guión. Este tema sirvió de puente para que la fiesta finalizara sorpresivamente con “Stripped”, la acertada versión que los alemanes hacen de la canción de Depeche Mode. Sonó homogénea, potente y, por ende, adecuada para poner el broche de oro final a la actuación.
Los músicos saludan a los fans y desaparecen, mientras Flake asciende en la plataforma levadiza tocando las últimas notas con su teclado para luego unirse a sus compañeros en el backstage. Acto seguido, y satisfechos con lo presenciado, abandonamos el recinto dejando atrás las notas de “Engel” sonando por megafonía y una cancha rebozada en confeti.
A destacar como el público, por su parte, no paró ni un instante de botar cual masa ingrávida y corear los estribillos con tesón, demostrando que el alemán no es ninguna barrera para gozar de la celebración más dicharachera.
La verdad es que a pesar de que el concierto ralló a un gran nivel, un servidor se queda con el bolo que en este mismo recinto dieron los alemanes como motivo de la presentación de “Mutter”. Puede que la selección de temas en aquella ocasión fuera algo más acertada, ya que en esta ocasión eché en falta algún tema más movido de su anterior disco o quizá Mein Herz Breent o Seeman. Por otra parte, si bien el sonido fue en todo momento bastante digno, nunca se alcanzó el nivel de nitidez de aquella otra ocasión.
Axiomático resulta el hecho de que el atractivo de los alemanes no reside en la profundidad de sus composiciones ni en el virtuosismo de sus músicos, sino en el efecto isostásico que de su entramado emana. Para quien los conozca mínimamente sobra decir que su propuesta es única. O la tomas o la dejas.
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Fotos: Marcelo Gonzalez






