Siete años después, Guns N’ Roses regresaban a Barcelona en pleno 2025. Mismo estadio, mismo show, mismas sensaciones. Desde aquel 2018, nada ha cambiado en el universo de Axl Rose, Slash y compañía. La gira de reunión —que comenzó en 2016 como un hito histórico al volver a reunir a lo archienemigos sobre un escenario— se ha transformado en una gira perpetua, donde cada parada es un ritual que repite gestos, setlist y escenografía como si el tiempo se hubiese congelado.
A pesar de la falta de novedades, el público respondió: unas 45.000 personas llenaron buena parte del Estadi Olímpic Lluís Companys, una cifra superior a la esperada a juzgar por la insistente campaña se publicidad desplegada por Live Nation. La nostalgia sigue siendo un negocio rentable. Lo que no termina de justificarlo es el contenido del espectáculo, una maratón de casi tres horas tan solvente como carente de alma. Ni tampoco el veto expreso de la banda a la prensa. Guns N’ Roses rechazaron de plano la presencia de cualquier medio, grande o pequeño, generalista o especializado, en el Estadi Olimpic. Uno síntoma de cómo están las cosas en el mundo del periodismo musical.
Axl Rose: más en forma, pero lejos de su leyenda
Eso si: Axl Rose llegó en mejor forma que en 2023, cuando su actuación en el Wanda Metropolitano de Madrid fue un canto a la decadencia, con el clavo en el ataúd que supuso el sonido del estadio madrileño. Físicamente, para el vocalista el cambio es evidente: más ágil, más delgado, más activo. Va de Ozempic hasta el culo en resumen. De hecho físicamente es el frontman del hard rock ochentero en mejores condiciones hoy en día. No vocalmente, claro.
Vocalmente, arrancó con dignidad. Las primeras canciones lo mostraron menos estridente, con más control en los agudos. Pero a medida que avanzaba el set, la voz fue cediendo, y volvió el timbre afilado, deslucido y errático. En “November Rain”, el desplome fue total: un piano que apenas se escuchaba, un Axl justito y un público cada vez más espectador que partícipe.
Su comunicación con la audiencia fue testimonial: un “How ya doin’?” aquí y allá, como tras “Out Ta Get Me” y poco más. El resto, silencio entre canción y canción, como quien va tachando la lista de la compra.
Un setlist que no arriesga… porque no hay más
Cualquier fan de Guns N’ Roses que los haya visto en los últimos nueve años podría recitar el setlist de memoria. Porque salvo pequeños ajustes, todo sigue igual. Versiones de Wings, Bob Dylan, Misfits o los UK Subs, rescates de Chinese Democracy como “Better” o rarezas reconvenidas como “Hard Skool”, e himnos eternos como “Sweet Child O’ Mine”, “Paradise City” y “You Could Be Mine”.
La única “sorpresa” fue el debut en esta gira de “This I Love”, una rareza del denostado Chinese Democracy que ni siquiera provocó un suspiro en el público. El resto fue tan previsible como efectivo, pero con una falta de tensión dramática alarmante. ¿Dónde quedó el espíritu peligroso de Guns N’ Roses? Probablemente su máxima expresión eran las calaveras cuñadiles rockeritas-enrolladas que aparecían en las pantallas. Lo demás se asemejaba más al musical “We Will Rock You” que pasó más de veinte años repitiendo fórmula a diario en el West End londinense. Siempre era exactamente lo mismo y todo el mundo iba a verlo precisamente por ese motivo.
En el fondo, Guns N’ Roses tampoco tienen más repertorio: podrían sacarse de la manga un “Thinkin’ About You” o alguna otra rareza del “Appetite For Destruction” pero lo que hay es lo que hay.
Isaac Carpenter: un soplo de aire fresco tras los tambores
La gran novedad de la noche fue la incorporación del nuevo batería, Isaac Carpenter, quien ha sustituido recientemente a Frank Ferrer. Pese a no ser un nombre muy conocido, su currículum impone: miembro de Awolnation, ha trabajado con Duff McKagan’s Loaded, A Perfect Circle, Adam Lambert y otros muchos proyectos de estudio y directo.
Y anoche en Barcelona, Carpenter demostró estar más que preparado. Con pegada, actitud y una estética que encaja mucho mejor con el ADN de la banda, brilló especialmente en la intro de “You Could Be Mine”, uno de los grandes momentos de la noche. Es un fichaje acertado que, sin cambiar la narrativa del show, le da un pulso renovado.
Slash: el motor que todavía tira del carro
Poco que añadir sobre Slash que no se sepa. Sigue siendo el gran referente musical y escénico de la banda. Su solo central en “Rocket Queen” fue elegante, técnico y medido. Aunque no fue su noche más incendiaria, su presencia sigue siendo el elemento que aporta dignidad y peso específico al directo. Sin desmerecer a Richard Fortus, que cumple con creces, pero Slash es la presencia escénica de Guns: su sombrero de copa, su colección de guitarras y su actitud hacen más por llevar el peso del show que todas las plataformas hidráulicas, shows pirotécnicos y muñecos inflables.
“Knockin’ On Heaven’s Door” con la Flying V, “Estranged”, su solo instrumental con fragmentos de “El Padrino”… Slash no falla. Pero ni siquiera su constancia puede tapar la falta de evolución del conjunto.
¿Tres horas? Más no siempre es mejor
El gran error de este espectáculo es el de siempre: una duración desproporcionada para un contenido que no da más de sí. La idea de que un concierto de rock épico debe durar tres horas está tan sobrevalorada como mal entendida. Si le quitamos los solos eternos, las versiones de relleno y las repeticiones de fórmulas, el show perfecto de Guns N’ Roses cabría en 100 minutos intensos y compactos.
Pero no. La banda sigue emperrada en demostrar que aguanta, aunque la gasolina artística hace tiempo que se acabó. La consecuencia es un show descompensado, que arranca fuerte, se pierde en un valle central de altibajos, y resucita solo en los últimos 20 minutos.
Un ritual que resiste el paso del tiempo (de momento)
A pesar de todo, el público se lo pasó bien. Porque ver a Guns N’ Roses hoy es, sobre todo, una celebración de lo que fuiste, no de lo que ves. Es recordar 1992, los “Use Your Illusion”, y los tiempos en los que el rock aún tenía algo de peligro. Es un ritual generacional, un acto de memoria colectiva.
¿Funciona? Sí. ¿Está agotado? También. Lo que anoche ofrecieron en Barcelona fue un concierto técnicamente correcto, emocionalmente inerte y conceptualmente estancado. La nostalgia es poderosa. Pero incluso ella tiene fecha de caducidad.








