Barcelona Rock Fest está de vuelta y con energías renovadas. Tras el parón de 2023 por las obras del parque de Can Zam, el festival catalán ha vuelto con un nuevo planteamiento: mantener el público veterano que apoya al festival desde los inicios con propuestas a su medida (Judas Priest, Scorpions, Running Wild…) pero comenzar a abrir camino en grupos mucho más actuales (si bien también veteranos a estas alturas) como Parkway Drive y Pantera el año pasado y Slipknot este año. No ha salido mal la jugada, pues la novena edición del festival afincado en Santa Coloma de Gramenet ha brillado especialmente por el añadido de los de Corey Taylor tras 16 años sin visitar Barcelona.

Se dice pronto, pero una generación entera se había perdido la oportunidad de poder ver en directo a Slipknot y se notó ampliamente en el batiburrillo de público que poblaba el recinto de Can Zam en la jornada inaugural del 26 de Junio. Una media de edad en descenso drástico, estética metalera acorde y muchas camisetas que ya no eran tanto de Maiden y Judas como de bandas cuyo pico de fama fue post 1995: Limp Bizkit, los propios Slipknot, Pantera, etc. Si la gente pedía renovación a gritos en Barcelona Rock Fest, el festival ha captado el mensaje.

Con el recinto listo para la batalla – y con una lámina de césped dando la bienvenida en la calurosa tarde de jueves – las puertas del parc de Can Zam se abrieron pasadas las 15:00 h para un inicio de jornada marcado por el arrollador show de unos Rise Of The Northstar que arrasaron todo a su paso. Con “Nekketsu” y “Welcame” la banda saltó a escena y tuvo al público en la palma de la mano desde el primer momento. Los franceses, con el carismático Vithia al frente, han logrado escalar posiciones en Europa y hacerse un hueco en el complejo mundo del metal con su vertiente semi-friki y su metal hiper contundente. No se me ocurre una mejor manera de iniciar el festival.

Insomnium: oscuridad a 35 grados
Insomnium salió puntual a escena y en cuanto sonaron los primeros acordes, el ambiente cambió por completo. Era como si una brisa fría se hubiera colado entre el calor del festival. No hubo necesidad de intros ni discursos largos: arrancaron directo con “White Christ”. Esa mezcla tan suya de melancolía y contundencia abrazaba al público, que esa hora aún se estaba acomodando con cervezas en mano.

La banda se mostró sólida, sin exageraciones ni artificios. Todo estaba en su sitio: las guitarras melódicas, la base rítmica firme, la voz grave de Niilo que te cala hasta los huesos. No hicieron mucho show de presencia, pero tampoco les hizo falta. Había algo hipnótico en cómo se encadenaban los temas, algunos más recientes, otros que ya son himnos para sus más acérrimos fanáticos. “Lilian” fue uno de los momentos más intensos, con ese aire de nostalgia que dejó a más de uno quieto, mirando el escenario como si estuviera en otro lugar.

El público respondió con respeto y entrega, sin necesidad de desmadres. Fue un set para escuchar con atención, para dejarse llevar más que para saltar. Aun así, los aplausos al final de cada tema fueron contundentes. Cuando se despidieron, lo hicieron con la misma sobriedad con la que llegaron, pero dejando claro que durante esa hora exacta, habían logrado algo que no todas las bandas consiguen en un festival: hacernos parar, escuchar, y sentir.
Wind Rose: el triunfo del power metal
Los italianos llegaron con una misión entre ceja y ceja: levantar los ánimos y poner a todo el mundo a cantar como si estuviéramos en las minas de Moria. Y vaya si lo lograron. Desde el primer minuto, la banda italiana tiró de su fórmula explosiva de power metal, estética enana y actitud festiva. Fue imposible no sonreír cuando sonaron los primeros compases de “Dance Of The Axes” y los cinco salieron con su look medieval listos para montar una auténtica batalla campal de buen rollo.

El público respondió con una entrega total, como si llevaran semanas esperando ese momento. No faltaron los puños en alto, los coros multitudinarios y hasta algún que otro pogo desorganizado, todo bañado en cerveza y entusiasmo. “Diggy Diggy Hole”, como era de esperarse, fue el clímax absoluto del set, coreado por absolutamente todos, incluso los que no conocían a la banda antes del festival. Fue una fiesta divertida, ruidosa y sin pretensiones, exactamente lo que se espera de un show así.

Lo más bonito fue ver a familias, grupos de amigos y metaleros de todas las edades pasándola en grande. Wind Rose tiene eso: no se los toma demasiado en serio y por eso conectan tan bien. No buscan dar una clase magistral de técnica ni crear una experiencia introspectiva. Ellos vienen a que la pases bien. Y en este jueves caluroso en Barcelona, lo consiguieron con creces. Fue uno de esos momentos del día donde el festival se sintió más festival que nunca.
Angelus Apatrida: como comer en casa de la abuela por navidad
Angelus Apatrida volvió al Rock Fest como lo que ya son: un clásico moderno del festival. No importa cuántas veces hayan tocado, el público siempre responde, y esta edición no fue la excepción. Desde antes de que subieran al escenario, ya se respiraba esa energía especial de cuando toca uno de los favoritos de la casa. El área frente al escenario se llenó rápidamente y el calor no fue excusa: la gente estaba lista para otra descarga de thrash nacional del bueno.

La banda, como era de esperarse, no defraudó. Salieron con todo, abriendo su set con “One Of Us”. Afilados, compactos y con un sonido potente que no dio respiro. Tocaron con la soltura de quien ya conoce el terreno, pero también con las ganas de quien quiere seguir demostrando por qué se han ganado ese lugar. Hubo circle pits, coros, saltos y mucho agite. Cada riff, cada cambio de ritmo, caía como un golpe certero que levantaba más y más al público, sobre todo en canciones como “Indoctrinate” y “You Are Next”.
Ver a Angelus Apatrida en el Rock Fest ya se siente como una tradición, y una de esas que hay mucha gente que no quiere que termine. No son una banda más del cartel: son parte del alma del festival. Los de Albacete demostraron una vez más su capacidad de hacer un show sólido, intenso y lleno de complicidad con su gente. Un triunfo rotundo que confirma que, edición tras edición, siguen siendo imprescindibles.
Savatage: el concierto de nuestras vidas
Cuando Savatage apareció en el escenario, se notó enseguida que el ambiente cambió. No fue un griterío desbordado, sino una ovación más contenida pero cargada de respeto. Había muchas camisetas negras con logos clásicos y cabezas canosas entre la multitud. Era el momento que muchos llevaban años esperando, y se notaba en el aire: esto era un reencuentro con una parte importante de la historia del metal.
La banda respondió con clase, sin necesidad de extravagancias. Desde los primeros acordes de “The Ocean”, demostraron por qué su legado sigue tan vivo. Las voces se repartieron con maestría, los solos fluyeron con esa mezcla tan suya de técnica y sentimiento, y el sonido fue impecable. Canciones como “Gutter Ballet” y “Edge Of Thorns” encendieron al público en una especie de trance emocional. Hubo momentos de pura épica, pero también silencios respetuosos entre canción y canción, como si nadie quisiera romper la magia que se estaba creando. La voz de Zak Stevens, conservada a la perfección, fue una gozada.

Fue un show pensado más para escuchar que para gritar, pero eso no le restó fuerza ni emoción. La audiencia de aquel lado del recinto, en su mayoría más madura, no necesitó pogos ni empujones para disfrutar. A cambio, ofrecieron una concentración total, cabeceos firmes y muchos móviles en alto para recordar aquel momento que nadie pensaba que volvería a ver: Savatage en directo en España. No en vano, era la primera vez en 23 años. Y todos habíamos dado el asunto por perdido ante el mastodóntico éxito de la Trans Siberian Orchestra. Pero, por unos minutos, todos ante el escenario Fest, coreamos el canon de «Chance»y fuimos felices. Muy felices.

Cuando se despidieron, lo hicieron con “Hall Of The Mountain King”, canción perfecta para llamar a una ovación cálida y duradera, de esas que salen del pecho. Savatage no solo cumplió con las expectativas: las superó con elegancia, profesionalismo y una carga emocional difícil de poner en palabras. Fue una de esas actuaciones que no necesitan gritar para hacerse oír, que no dependen de la velocidad o el volumen, sino del peso que tiene cada nota cuando viene cargada de historia. Un regalo para quienes saben escuchar.
Durante su actuación, coincidían en el escenario de la Rock Tent los controvertidos Megara. No cabe duda de que los de Kenzy han conseguido imponer su visión colorista del pop metal pese a que el sector más militante siempre les haya puesto a caer de un burro. Tanto les da: por algo son una de las pocas bandas guitarreras que han accedido al ecosistema de Eurovision y el festival de San Marino. Y eso no se hace únicamente siendo extremo y oscuro, sino sabiendo aunar géneros e influencias como hace Megara. Con una actuación comedida y sin grandes aspavientos escénicos, Megara vino a Rock Fest a convencer a los dudosos y lo hicieron con un concierto repleto de actitud.
Slipknot: caos descontroladamente controlado
Lo de Slipknot fue un terremoto emocional y sonoro, con sabor a reencuentro y a celebración. Desde que se anunció su nombre en el cartel, el público sabía que iba a ser uno de los platos fuertes del festival, y no decepcionaron. Con su gira del 25 aniversario de su primer disco bajo el brazo, llegaron con todo: los trajes de la época, energía desbordante y un setlist pensado para arrasar. Era la primera vez que pisaban Barcelona desde 2009, y eso se notó en la intensidad del público desde el primer segundo.

Apenas se apagaron las luces y arrancó “(sic)”, el caos se desató sin freno. El público, que venía de horas de calor y música variada, explotó como si fuera el inicio del festival. Había pogos por todos lados, gritos desaforados y una entrega brutal, especialmente de las nuevas generaciones que quizás nunca los habían visto en vivo. Pero también estaban ahí los veteranos, los que los vieron en 2004 o 2009, con ojos brillantes y sonrisas de “por fin”. Fue un momento de comunión total entre banda y fans.

El show fue una montaña rusa controlada al milímetro, pero con apariencia de caos absoluto. Corey Taylor manejó al público como un director de orquesta rabioso, combinando temas del debut como “Wait and Bleed”, “Surfacing” o “Spit It Out” con otros más recientes como “Unsainted” o “Yen” pero sin perder esa energía primitiva que marcó su carrera. El escenario era una locura: simple pero demoníaco a la vez con luces parpadeantes y una vibra caótica. Todo pensado para impactar y, sinceramente, lo consiguieron.

A nivel técnico, estuvieron impecables: agresivos pero nítidos, salvajes pero perfectamente sincronizados. Cada miembro de la banda aportó su dosis de locura, aunque fue de lamentar la falta de Shawn Crahan en el escenario por motivos personales. Hay que destacar la impecable actuación de Eloy Casagrande, quien logró cautivar al público con sus fills en la batería cargados de rapidez y su muy sólida ejecución.
Al terminar, con el sudor aún cayendo y la adrenalina por las nubes, el público tardó varios minutos en desconectarse. Era difícil creer que habían pasado más de 15 años desde su última vez en Barcelona. Este show fue más que un homenaje a su debut: fue una deuda saldada con una ciudad que los esperaba con ganas. Y vaya si valió la pena la espera. Fue brutal, intenso y catártico. Slipknot volvió, y no dejó nada en pie.
Masters From Hell: fin de fiesta
A la 1 de la madrugada, cuando muchos ya pensaban en como volver a casa o en buscar algo de comer, Masters From Hell se adueñó del Stage Tent con una misión clara: cerrar el jueves a puro metal clásico. Sorprendió ver tanta gente todavía al pie del cañón, especialmente siendo un día laborable. Había cansancio, sí, pero también muchas ganas de una última descarga antes de dormir, y ¿qué mejor que hacerlo al ritmo de Metallica y Pantera?

El inicio tuvo un par de problemas de sonido, pero la banda no se descompuso. Con actitud firme y oficio, lograron estabilizar el set y, una vez dentro del ritmo, entregaron una buena dosis de potencia y nostalgia. Temazos coreados por el público como “Cowboys From Hell”, “Walk”, “Seek & Destroy” y “Fuel” hicieron que a aquellos que les quedaba voz, la terminaran de dejar bajo la carpa. Es de destacar también las caras conocidas en el mundo del rock en España que participaron como colaboración en la presentación de Masters From Hell, como por ejemplo Kenzy, la vocalista de Megara, quien estuvo en ese mismo escenario hacía solo unas horas atrás.

Lo mejor fue ver esa conexión entre banda y público a pesar de la hora y el desgaste. Masters From Hell supieron mantener la energía y cerrar la jornada con una nota alta, demostrando que incluso los sets de cierre, cuando se hacen con pasión, pueden dejar una marca. No reinventaron nada, pero dieron lo que la gente necesitaba para cerrar el primer día: buena música, un último empujón de riffs, actitud y puro amor por el metal.


