Las cifras no engañan. Tan solo hay que echar un vistazo a la lista de canciones más escuchadas en España de Spotify (el Top50 de España) para observar que, pese a la popularidad manifiesta del género en festivales y conciertos, muy poca gente escucha Heavy Metal y Rock en nuestro país. 

Las cifras no engañan. Tan solo hay que echar un vistazo a la lista de canciones más escuchadas en España de Spotify (el Top50 de España) para observar que, pese a la popularidad manifiesta del género en festivales y conciertos, muy poca gente escucha Heavy Metal y Rock en nuestro país y en el resto del mundo.

Mientras que Download Festival reúne a 40.000 personas por jornada, el Resurrection Fest hace lo propio con 27.000, Rock Fest Barcelona tiene una media de 22.000 asistentes por jornada, el Leyendas del Rock se llena con 12.000 o 13.000 personas por día y los grandes conciertos como Iron Maiden, Metallica o Aerosmith venden decenas de miles de tickets en cuestión de horas y días, los números no se reflejan de la misma manera en los hábitos de consumo digital de música en la plataforma más usada en la actualidad.

Un vistazo a Spotify nos aboca a una retahíla de nombres que triunfan en el mundo del pop latino, el reggaeton y el pop nacional. Maluma, Luis Fonsi, Prince Royce, Pablo Alborán, Carlos Vives, Danny Ocean, Nicky Jam, Joey Montana, Piso 21, Juan Magán, Sebastián Yatra, Ozuna, Bad Bunny… todos ellos artistas pertenecientes a los géneros mencionados, capaces de cosechar millones de reproducciones a nivel mundial en espacios relativamente breves en el tiempo. Por poner tan solo un ejemplo, el dueto “Échame la Culpa” de Luis Fonsi con Demi Lovato acumula más de dos millones y medio de reproducciones en Spotify dentro del Top50 Global, que se calcula a lo largo de los últimos días. La canción, en global, lleva acumuladas más de 169.000.000 de escuchas. “Despacito”, en la versión dueto con Justin Bieber, acumula unos nada desdeñables 993.000.000 de reproducciones a nivel mundial. Cifras de alcance absolutamente impensable hace tan solo unos años, cuando un artista exitoso podía vender 15 o 20 millones de discos en todo el mundo en un espacio razonable de varios años. Llegar a casi mil millones de personas en el espacio de menos de un año tiene un efecto prácticamente incalculable, no solo en lo económico, sino en la influencia social y en todo tipo de estrategias comerciales derivadas.

¿Qué papel tiene el heavy metal en todo esto? Pues poco, seamos sinceros. El nuevo tema de Judas Priest, “Lightining Strikes”, puesto a disposición de los fans en Spotify el pasado 5 de enero acumula apenas 514.000 reproducciones totales. Un clásico como “Breaking the Law”, que lleva en la plataforma varios años puesto que Judas Priest siempre tuvieron disponible su catálogo en Spotify, alcanza los 46.421.000 reproducciones. Hits como “You’ve Got Another Thing Coming” o “Painkiller” alcanzan los 21.000.000 y 23.000.000 de reproducciones respectivamente.

Bandas comercialmente más atractivas, como Metallica, tienen números más lustrosos. Una balada como “Nothing Else Matters” acumula 181.846.000 escuchas. “Master of Puppets” casi alcanza los 110.000.000 de reproducciones. AC/DC, la banda de rock más popular del mundo a día de hoy, acumula 196.000.000 de escuchas de “Back in Black” y 181.500.000 de escuchas de “Highway to Hell”, sus dos mayores hits. Eso es, en los dos años y medio que han pasado desde que el grupo decidiese poner su música en Spotify, algo que pasó en Julio de 2015. Para situarnos, el remix de “Despacito” con Justin Bieber como voz invitada, llegó al mundo el 17 de abril de 2017. La capacidad de generar mil millones de escuchas en apenas ocho meses es aterradora, algo a lo que ayuda la viralidad con la que canciones como esta se expanden en las redes y en los medios convencionales. Todo esto, evidentemente, sin tener en cuenta los 605.000.000 de reproducciones del audio de la versión de Bieber en YouTube a través del canal Vevo oficial del artista o los 4.700.000.000 de reproducciones del video de la versión original del tema con Daddy Yankee. Cantidades insultantes.

¿Por qué el rock no alcanza cifras tan espectaculares considerando el enorme arraigo de las bandas clásicas en todo el mundo y la disparatada demanda de entradas que existe cuando cualquiera de los grandes artistas se decide a hacer una gira por estadios de sesenta mil personas? De entrada, porque el público que escucha rock es consumidor de producto físico y sigue viendo con recelo el digital. Esto suscita risas en las oficinas de Nuclear Blast, Century Media o Napalm Records, pero la realidad es que -aunque las cifras de venta no acompañen- el rock se ha consumido tradicionalmente en soportes físicos, desde la era del vinilo y el CD hasta nuestros días. Ha sido un añadido tardío a la era digital, hasta el punto en que muchos de los grandes artistas como Pink Floyd, AC/DC, Metallica o más recientemente Def Leppard han aguantado varios años hasta permitir que sus canciones sean incluidas en plataformas como Spotify, casi siempre aduciendo a conflictos contractuales con sus discográficas en referencia a la remuneración que se percibe por el consumo en streaming, algo que ni existía como concepto en el momento que los contratos discográficos fueron firmados.

Por otro lado, el público que consume rock no es tan joven ni tan dado a la viralidad y a la reacción impulsiva como los consumidores de música latina y de plataformas de streaming. El progresivo envejecimiento de los seguidores de la música rock y metal es notorio. Las nuevas bandas difícilmente alcanzan grandes niveles de incidencia (los “nuevos valores” como Sabaton o Airbourne, que movilizan al público más joven y dispuesto a apoyar con ahínco a una banda y generar fenómeno fan a su alrededor) y en el mejor caso llegan a la altura de salas como Razzmatazz o La Riviera, donde caben 2.000 personas. El interés es el que es y por mucho que los rockeros nos creamos el ombligo del mundo y pensemos que los grandes medios maltratan al género, lo cierto es que no hay renovación entre el público y las nuevas bandas reciben un apoyo que difícilmente se puede considerar masivo. Ante eso, el género está condenado a una resistencia marginal una vez las grandes bandas que dieron forma a todo esto vayan desapareciendo progresivamente en los próximos diez años. Si más no, las cifras que se pueden observar en Spotify son un indicativo de hacia donde vamos.