No fue precisamente ayer, pero podría haber pasado ayer. Debía ser 2013 y el concierto era el de un tributo a Pink Floyd. El presunto David Gilmour estaba ejecutando un delicado solo de, probablemente “Shine on you Crazy Diamond” o el tramo central de “Echoes” y entre el público había un tipo que no conseguía hablar a un volumen normal con su amigo.

La indignación del público iba aumentando por momentos. Cuanto más delicado se volvía el solo, más subía la voz el bobo, totalmente ajeno a lo que le rodeaba y a la ola de ira que estaba generando a su alrededor. Al final, un sonoro “sshhh” irrumpió en el aire y…bien, no pasó nada. El tipo siguió hablando. A un volumen brutal, parafraseando a los barones.

Es evidente que un concierto es una actividad de ocio y, de todas ellas, la más fácil de pervertir. Música a gran volumen, cerveza y cubatas disponibles a pocos metros y un ambiente relativamente festivo que hacen olvidar que tras la muralla de decibelios hay un artista actuando que desearía ser escuchado con atención y un público que ha pagado una entrada deseando disfrutar del espectáculo de la manera más íntegra posible. Todo esto viene al caso de esa fea costumbre que ha cogido Aaron Lewis de Staind de mandar callar a la gente en sus conciertos y, si hacen caso omiso, largarse del escenario.

He aquí una muestra:

Esto no es nuevo. De hecho, Roger Waters consiguió sacar un doble disco de Pink Floyd a partir de un incidente en Montreal en 1977 donde una persona del público, visiblemente intoxicada, no cesaba en su empeño de gritar títulos de canciones de la banda. Tal era el malestar de un desquiciado Waters que se ocupó de escupirle y luego se aterró al pensar en la reacción que aquello le había generado. De ahí salió la idea de construir un muro entre la audiencia y el escenario y acabamos disfrutando de uno de los discos conceptuales más neuróticos de la historia de la música moderna. 

Respeta y serás respetado

El caso es que, sin querer pecar de snobs, ir a conciertos se ha convertido en una experiencia altamente ingrata. Es evidente que una cosa es un concierto de Exodus o uno de Steel Panther, donde la propia identidad musical de la banda implica cierto desmelene y bien diferente es acudir a un concierto de Steven Wilson, pero hay patrones de comportamiento que no por aceptados dejan de ser irritantes.  Desde los dos amigos que están hablando entre ellos todo el concierto y moviéndose de su posición continuamente y tapándote tu tan logrado ángulo visual hasta el cretino que levanta su móvil para grabar un video innecesario pixelado y con sonido saturado que jamás vera (o peor: que colgará en instagram) pasando por el sempiterno brasas que viene a explicarte cosas que te dan igual en el momento clave del concierto. Los conciertos son, a veces, un ritual grupal y ruidoso y en ocasiones un reducto de emotividad de esa que aspiramos hacia adentro, no de la que compartimos con nuestro entorno -real o virtual. El secreto reside en respetar ambas maneras de disfrutarlo y ser siempre consciente de lo que te rodea y de como tus actos inciden en cómo otros pueden estar disfrutando del concierto. 

Siempre recordaré como, durante un show de Glenn Hughes, estaba haciendo fotos de la manera más discreta posible -sin ruido de obturador- en las primeras filas de un concierto en Barcelona. Un fan especialmente insoportable -y habitual hater de esta web- comenzó a quejarse de que estuviese ahí pese a tener todo el permiso del mundo. Tal fue su agitación que el propio Glenn Hughes le mandó callar desde el escenario. Más músicos deberían optar por esa misma actitud. Aunque a Aaron Lewis quizá se le va un poco de las manos el mosqueo, no podemos más que simpatizar con su particular cruzada. Con la suya y con la de esos músicos como David Draiman de Disturbed o Peter Frampton que han comenzado a plantar cara a la dispersión del público con sus móviles durante los conciertos. El arte, incluso aquel que no han dicho que no lo es, como la música rock y heavy metal, merece ser respetado como tal y todos deberíamos tomar conciencia de ello. 

Sergi Ramos