Y en una de esas salidas a correr por la ciudad de Barcelona, esquivando carritos de niños, skaters, turistas que miran el mapa y no miran la ciudad, abuelos que se paran en seco sin previo aviso y bicicletas que podrían redefinir los limites de la capacidad anal de sus propietarios, descubrí lo que es el rock and roll.

Ya hace tiempo que andaba buscando la manera de recuperar el blog y hablar de cosas menos habituales o, cuanto menos, fuera de la estructura habitual de contenidos de la web. El día a día de The Metal Circus termina friéndote la creatividad con la facilidad que un camión articulado tiene para aplastar un caracol.

Y en una de esas salidas a correr por la ciudad de Barcelona, esquivando carritos de niños, skaters, turistas que miran el mapa y no miran la ciudad, abuelos que se paran en seco sin previo aviso y bicicletas que podrían redefinir los limites de la capacidad anal de sus propietarios, descubrí lo que es el rock and roll.

“Vas tarde, Ramos” pensé. Después de 1500 conciertos ahora te enteras de lo que es el rock. Tócate los cojones.

Uno piensa que el rock es la actitud. Desafiar lo establecido, luchar contra las convicciones sociales y ser uno mismo.

Uno piensa que el rock es un estilo de vida, donde la música humana prima por encima de la estética.

Uno piensa que el rock es la hermandad que genera. Unir bajo un mismo manto musical a personas de muy diversas creencias políticas o religiosas. Una especie de ente superior que no responde a discriminación ni contemplaciones en base a status de ningún tipo.

Uno piensa que el rock es un estilo de música, derivado de los tiempos en que la música se sentía en lugar de programarse.

El rock puede ser todo eso, si. Pero el rock verdadero tiene una duración aproximada de un segundo y medio y tiene más que ver con las leyes de la física que con un disco, un parche, una chaqueta de cuero o un estribillo.

El rock, en su expresión más básica, primitiva y absolutamente incontestable es un salto de Angus Young para finalizar una canción de AC/DC. Es el momento en el cual rasga las cuerdas desde la última pastilla hasta el final del mástil de su guitarra, mientras coge carrerilla, da un salto a la vez que cambia de traste y el final de una canción de AC/DC explota.

Cuando corro por Barcelona, después de diez kilómetros, con las rodillas destilando almíbar, la cara llena de sudor y la camiseta empapada, es inevitable que coja carrerilla, de un salto -más o menos discreto según la gente que haya alrededor- y haga coincidir el aterrizaje con el final de un tema de AC/DC.

Y es que hay ser muy maestro, como Angus, para cuadrar la logística del asunto. Observemos un ejemplo perfecto, el final de “Let There Be Rock” en el concierto de Donington de 1991. A partir del minuto 16:11 lo que sucede es magia. Y lo que sucede exactamente en el minuto 16:39 es más potente que una bomba atómica.

Otro ejemplo. Esta vez del concierto de Paris de 1979, famoso por la película que se hizo en base a él. Minuto 9:02. Escalofríos.

El concierto de Donington, por su tremenda edición y montaje y medios desplegados, nos ofrece más momentos espectaculares en ese sentido. Minuto 4:23 de “Whole Lotta Rosie”.

O el final de “Hell’s Bells” en el minuto 5:14.

Otros artistas tienen un don casi igual de potente. Véase Gary Moore en esta versión de “Out in the Fields” en Estocolmo en 1987. Minuto 7:10 en adelante.

¿Cuál es el momento de una canción que os da un chute especial de energía? Dejadlo en los comentarios.