Procedemos, bajo criterios totalmente arbitrarios y subjetivos, a ordenar los discos de Iron Maiden del peor al mejor. Se toleran opiniones distintas. Por cierto, no incluiremos los directos, más que nada porque internet no es lo suficientemente grande como para albergar todo ese texto.

Iron Maiden acaban de anunciar su gira “Legacy of the Beast”, que pasará por el estadio Wanda Metropolitano el 14 de Julio de 2018 en un concierto único en España que marca la primera ocasión en que el grupo británico actuará en un estadio de nuestro país. Una gira que repasa el legado íntegro de Iron Maiden como banda y que sirve como contrapunto al reciente tour de su última obra de estudio, “The Book of Souls”. La gira “Legacy of the Beast”, que toma su nombre del videojuego del mismo nombre será una completa crónica por los mejores momentos de la historia de Iron Maiden.

Como todos sabemos, la discografía de Iron Maiden es rica en grandes obras. También es rica en bodrios. Los fans más acérrimos de la banda nunca lo admitirán pero Iron Maiden tiene auténticas castañas en su catálogo, algunas de las cuales obedecen a esos años en los cuales la banda andaba especialmente perdida tras la resaca del éxito ochentero. Tampoco escapan algunos de los discos más recientes, donde la insulsa producción de Kevin Shirley ha hecho que todo lo que Martin Birch consiguió construyendo el sonido de estudio de Maiden en los ochenta se derrumbase como un castillo de naipes entrado el nuevo milenio. La cuestión es que no todo el mundo reconoce que Maiden tienen discos difíciles, porque el hecho de que tienen obras maestras es algo que ya sabemos todos.

Procedemos pues, bajo criterios totalmente arbitrarios y subjetivos, a ordenar los discos de Iron Maiden del peor al mejor. Se toleran opiniones distintas. Por cierto, no incluiremos los directos, más que nada porque internet no es lo suficientemente grande como para albergar todo ese texto.

No Prayer For The Dying (1990)

Este disco fue como levantarte un domingo por la mañana e intentar ser funcional después de una borrachera de Jägermeister la noche anterior. Puede que camines, que salgas a pasear el perro e incluso que te dirijas a otros seres humanos o te calientes unos fideos en el microondas, pero todo será errático, lento, sin ganas y con tendencia a la descomposición. Para Iron Maiden, la borrachera de Jäger fue el masivo éxito de los años 80, que provocó divergencias internas en el grupo y, sobretodo, una desidia absoluta a la hora de componer y grabar nueva música. Algo que se hizo evidente en un disco pasará a los anales de la historia por ser, precisamente, muy anal.

La entrada de Janick Gers supuso una alteración notable en el sonido de la banda pues Adrian Smith era el maestro de la melodía y su aporte se echaba mucho de menos. Dickinson tenía la voz frita. Harris no tenía el filtro activado. Hasta la portada de Derek Riggs es poco inspirada. Con el paso de los años, “Tailgunner” y más específicamente “Bring Your Daughter…To The Slaughter” han permanecido en la memoria colectiva. El resto del disco ha sido olvidado, también colectivamente.

Virtual XI (1998)

No dejemos que una gran canción nos ciegue. Es cierto que “Virtual XI” contiene “The Clansman”, seguramente el mejor tema que Harris compuso entre 1990 y 1999 junto con “Fear of the Dark”. También es cierto que el resto del disco es bastante insufrible. La repetición eterna del estribillo de “The Angel and the Gambler” podría ser considerada tortura por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. La tristona “Como Estáis Amigos” mina la moral a cualquiera. “Don’t Look to the Eyes of a Stranger” dura ocho minutos y le sobran siete -un anticipo de lo que estaba por llegar a partir de 2006. “Futureal” es un intento de hacer un tema veloz y “clásico” al estilo de “Aces High” o “Moonchild” pero sin la gracia ni el gancho. Y todo esto sin entrar a hablar, en ningún momento, de la incómoda voz cavernosa de Blaze Bayley sobre un tamiz de guitarras chillonas de Dave Murray y Janick Gers. ¿En qué estaban pensando?

The X Factor (1995)

Después de un ciclo ganador como fue el de “Fear of the Dark”, la salida de Bruce Dickinson y la entrada de Bayley como vocalista abocaron a Iron Maiden al desastre. Y tampoco es que la banda se concentrase en evitarlo. Seguramente en 1995 era un milagro estar escuchando un nuevo disco de Iron Maiden con la que estaba cayendo en el mundo del heavy metal, pero visto con la perspectiva del tiempo “The X Factor” es un desastre en el que solo se salvan “Sign of the Cross”, “Lord of the Flies” y “Man on the Edge”. Todo lo demás ha sido escuchado por el mundo porque había un logotipo de Iron Maiden en la portada. De no ser por eso, dichas canciones jamás habrían alcanzado a la humanidad.

Eran tiempos convulsos y Blaze nunca terminó de cuajar. Pero que a nadie se le escape que ni Harris supo encontrar el sonido ni la banda supo aportar las canciones. No va a ser todo culpa del pobre vocalista.

A Matter of Life and Death (2006)

Cuando un plato de comida tiene grandes propiedades nutritivas pero te obligan a comerlo por decreto, terminas odiándolo. Eso fue lo que pasó, en parte, con “A Matter of Life and Death”: un disco de Iron Maiden progresivo y rico en matices pero que la banda se empeñó en defender íntegramente en directo, casi como si fuese su “The Wall” particular. La paciencia de los fans de Iron Maiden fue testada en una gira que solo contenía cinco clásicos al final de cada show y el nuevo disco entero como motivo principal. Como resultado obvio, todos quedamos ligeramente traumados, y no hemos terminado de ver este disco con buenos ojos nunca más.

No es un mal disco necesariamente pero “A Matter of Life and Death” es una muestra de autoindulgencia musical que a veces carece de un filtro más férreo. “The Reincarnation of Benjamin Breeg” fue el tema de salida con el que se presentó el disco y uno de los mejores. Otros como el combativo “These Colours Don’t Run” o “Brighter Than a Thousand Suns” son de lo poco salvable de un disco que tiene épica sin contenido. No por repetir pasajes para llenar minutos un disco va a ser mejor.

Fear of The Dark (1992)

Venerado por muchos como una especie de retorno a lo más alto tras el insufrible “No Prayer of the Dying”, lo cierto es que “Fear of the Dark” sufre del mismo síntoma que muchos discos de Maiden en los últimos veinticinco años: dos o tres canciones buenas y una serie de rellenos que solo se tragan los acérrimos. Es evidente que el tema título fue un éxito en toda regla y que el intento de thrashizar a la banda con “Be Quick or Be Dead” les ganó el favor del público más cañero. Del resto del disco, más bien poco a decir: cada vez Janick Gers metía la zarpa como compositor, Dios mataba a un gatito: “Weekend Warrior”, “The Apparition”, “Wasting Love”, “Fear is the Key”…todos temas que podrían completar un recopilatorio de cassette de aquellos que vendían en las gasolineras con los temas más malos de cada banda.

The Final Frontier (2010)

Seguramente el mejor de los discos recientes de Iron Maiden, al menos, uno de los que más gancho tiene, pero evidentemente palidece frente a los clásicos de toda la vida. La intro psicodélica descolocó a muchos, pero el tema título es Iron Maiden en su formato más clásico y querido. Otras canciones como “Coming Home” o la dramática “Mother of Mercy” brillan con luz propia. Ejercicios progresivos como “Isle of Avalon” están mucho mejor medidos y planteados que los que poblaban “A Matter of Life and Death”. Pero cuando alguien dijo que “When The Wild Wind Blows” es lo mejor que Steve Harris había compuesto desde “Halloweed Be Thy Name” se pasó tres pueblos.

The Book of Souls (2015)

Irregular como sus últimas obras, “The Book Of Souls” tiene la particularidad de ser un disco doble donde Iron Maiden comparten canciones directas y atractivas como “Death or Glory” “Tears of a Clown”, “Speed of Light” y “If Eternity Should Fail” con algunos de los temas más largos que jamás han hecho, como “Empire of the Coulds” (dieciocho minutos!) o “The Red and The Black” (trece minutos!). Si este disco hubiese sido comprimido en un solo volumen seguramente estaríamos hablando del mejor trabajo de Iron Maiden de los últimos diez años, pero tuvieron que alargarlo con varias canciones que dicen más bien poco. Seamos sinceros: “The Book of Souls” no es “Seventh son of a Seventh Son” y por más largas que sean las canciones eso no implica que tengan más sustancia. Es un trabajo inspirado y un ejemplo a seguir por las muchas bandas de su época que siguen en activo, de eso no cabe duda. Necesita simplemente, un par de hachazos.

Dance of Death (2003)

Grandes canciones, nefasta producción, horrible portada. Tiene muchos grandes momentos y eso anula cualquier pero. Desde la rápida “Wildest Dreams” al colosal “Paschendale”, “Dance of Death” es una más que digna continuación tras aquel “Brave New World” que certificó la vuelta de Bruce Dickinson y Adrian Smith al seno de la banda.

Brave New World (2000)

La nueva era de Iron Maiden arrancó en el año 2000 con un trabajo que, seguramente, es el último trabajo del grupo que se puede escuchar de principio a fin sin pausas intermedias. El nivel compositivo, el empuje, las ganas con las que la banda británica presentó “Brave New World” ante el mundo fueron uno de los motivos integrales por los que hoy en día el grupo mantiene su validez y popularidad. De haber vuelto en un momento tan crucial con un disco lleno de despojos de los ochenta y dedicarse solo a girar con sus grandes éxitos, el perfil de Iron Maiden no habría crecido tanto como lo ha hecho.

Pese a tene la producción de Shirley, “Brave New World” suena como un cañón. Las voces dobladas de Dickinson en muchos temas, los casi dobles bombos de Nicko McBrain en plena eclosión del power metal (aunque el los hace con un solo pie!), los grandes solos (“The Wickerman”, “Dream of Mirrors”, “Ghost of the Navigator”…), el excepcional estado vocal de Bruce (todo el disco es una masterclass de como cantar heavy metal)… todos los detalles y un puñado de canciones especialmente inspiradas hacen de “Brave New World” un disco que llevó a Maiden al siguiente nivel y al que le deben mucho de su actual status, casi tanto como a sus clásicos de los 80.

Killers (1981)

En 1981, Iron Maiden eran una bomba de relojería. Con el errático Paul Di’Anno a la voz seguían cabalgando entre el heavy metal y el semi-punk, pero su sonido cada vez se estilizaba más y “Killers” fue el paso previo a la gran explosión de Iron Maiden a nivel mundial. La introducción “The Ides of March” y el ataque inmediato de “Wrathchild” consiguen engancharte de manera inevitable. La velocidad de “Murders in the Rue Morgue” y los contrastes que muestra son testamento de la capacidad y versatilidad de Harris como compositor. La instrumental “Genghis Khan” es una clase maestra de speed metal antes de que el speed metal existiese. Y evidentemente, el tema titulo, es un clásico por derecho propio. No hay que olvidarse del sonido de Clive Burr como baterista y de la magia que generaban Dave Murray y Adrian Smith capturados por primera vez juntos en un disco de la doncella.

Iron Maiden (1980)

Se suele decir que el primer disco de una banda es aquel que han tenido toda la vida para componer y el que suele ser más inspirado. No se puede contradecir esta afirmación en el caso de Iron Maiden: la cantidad de clásicos que han salido de su primer trabajo es equivalente a lo que otras bandas han conseguido en toda su carrera. Desde la épica de “Phantom of the Opera” a la inmediatez punk de “Sanctuary”, el primer disco de la banda muestra toda la amplitud de la paleta musical de la banda.

Piece of Mind (1983)

Primer disco con Nicko McBrain como baterista y una auténtica prueba de fuego para una banda que ya había sustituido al vocalista en el anterior trabajo. “Piece of Mind” es un trabajo repleto de clásicos pero seguramente el menos inspirado de sus grandes trabajos ochenteros. Evidentemente, eso es como decir cuál es el peor de tus coches: si el Jaguar, el Ferrari o Maserati. No puedes decir que un disco es inferior cuando contiene “Flight of the Icarus”, “Where Eagles Dare, “The Trooper”, “Revelations” y “Die With Your Boots On”…lo que pasa es que en comparación con los que vienen a continuación…

Seventh Son of a Seventh Son (1988)

Para muchos, una de las tres obras maestras de Iron Maiden. “Seventh Son of a Seventh Son” es una previa del camino que tomarían Iron Maiden alguna década después: progresivos, con un sonido mucho más estilizado, con utilización de teclados y sintetizadores (lo que hizo estallar a los fans más puristas en su momento) y mucho más enfocados hacia la ambientación de las canciones que a la agresión más tosca de sus inicios.  Fue el final de una gran época y tiene cierta sensación de fin de ciclo cuando uno lo escucha hoy en día. Estaba claro que después de esto, Maiden no tenían a donde ir sino era hacia lo más básico.

Somewhere in Time (1986)

Seguramente, uno de los discos más injustamente tratados de su época más clásica. Es todo un misterio el porqué Iron Maiden reniegan en parte de canciones como “Caught Somewhere in Time”, “Alexander the Great”, “The Loneliness of the Long Distance Runner” o “Sea of Madness”. Es un disco con un sonido muy AOR, en parte debido a la producción y al uso de sintetizadores de guitarra. Seguramente, su mayor pecado sea haber sido editado entre dos obras maestras como “Powerslave” y “Seventh Son”, lo cual le hizo ser tratado como una especie de valle. Pero no cabe duda de que en “Somewhere in Time” encontramos a algunos de los temas más cautivadores y clásicos de Iron Maiden. Si, más allá de “Wasted Years”.

Powerslave (1984)

Seguramente, las dos primeras posiciones serían fácilmente intercambiables entre “Powerslave” y “The Number of the Beast”. No hay ningún motivo que nos incline por uno frente al otro, excepto el simbolismo de “The Number” con la llegada de Dickinson y la inclusión de los tres himnos más clásicos de la banda.

El halo que la banda creó  que se desprende en “Powerslave” es difícilmente superable. Estamos hablando de un grupo en el pico absoluto de sus capacidades, con una formación totalmente engrasada y con las neuronas funcionando a tope. De este disco se pueden extraer muchas grandes canciones, algunas de ellas clásicas imperecederas como “Aces High” o “Two Minutes to Midnight”. Pero lo más importante es que Maiden demostraron que, como grupo, se atrevían con cualquier cosa. Ahí quedan los catorce minutos de “Rime of the Ancient Mariner” en 1984, cuando el heavy metal más básico estaba en pleno estallido mundial. Maiden demostraron que ellos no tenían miedo a nada y se atrevían con todo musicando un poema de Coleridge. Si eso no era una declaración de intenciones en toda regla, que baje Dios y lo vea.

The Number of the Beast (1982)

No cabe lugar a dudas de que el simbolismo y el encaje temporal que tiene “The Number of the Beast” en la historia de Iron Maiden y del propio heavy metal es lo que hace que sea el disco más importante y el mejor de toda su carrera. Aún con Clive Burr como baterista, “The Number of the Beast” es un disco que muestra la épica incipiente (“Halloweed Be Thy Name”, “Children of the Damned”) y la inmediatez de los inicios (“Run to the Hills”, “The Number of the Beast”, “Invaders”) con un equilibrio casi perfecto. Evidentemente, es el disco en el que Bruce Dickinson le muestra al mundo aquello de lo que es capaz, así pues la significación de este aspecto es más que importante. Si una queja se puede achacar a este disco es no haber incluido jamás en su listado original el clásico “Total Eclipse”, que quedó relegado a una cara B y que siempre debería haber formado parte de la edición original del disco.

Si hay un disco de Iron Maiden que permite entender el heavy metal a quien no lo haya seguido jamás, “The Number of the Beast” es ese disco.

Sergi Ramos