Pero 2017 ha roto con la tónica habitual: hay entradas disponibles. No va a saltar ninguna alarma y Wacken terminará agotando tickets pero sí que es una señal inequívoca de que hay un punto de inflexión. Personalmente lo atribuyo a tres factores: el clima adverso de las últimas ediciones, la competencia y la falta de conciertos especiales.

Mucho puedo hablaros de Wacken pues ha sido una parte muy importante en mi vida. 16 ediciones en furgoneta, bus, avión o coche y largos paseos por los lodazales, el pueblo y el biergarten. Allí me siento como en casa aunque esta va a ser la segunda edición consecutiva a la que no voy a asistir. Mi reciente paternidad imposibilita el sueño de pasarme horas delante del True Metal Stage o del Black Metal Stage. Pero algo ha cambiado en Wacken… Si desde hace unos años las entradas se agotaban (80000) de un día para otro en esta edición todavía hay muchas de disponibles. ¿Qué ha pasado?

Antes de entrar en materia hay que hablar del ascenso de Wacken al Olimpo. Esta pequeña población norteña empezó siendo una fiesta de barrio para fans metálicos, un poco como el Resurrection patrio, sólo que Wacken empezó a principios de los 90. El gran acierto no fue el buscar a grandes nombres ni rutilantes estrellas. Eran bandas “medias” pero se cuidó y mimó a los asistentes. Se escuchaban todas las peticiones para mejorar la comodidad y llegaron a la cumbre sin contar con patrocinadores. La experiencia Wacken iba más allá de los conciertos. El ambiente festivo y las locuras de sus asistentes daban color y fiesta hasta el punto de que muchos ni se acercaban a la zona de conciertos. La fiesta ininterrumpida a mediados de los 90 y el hecho de que los servicios estuvieran abiertos las 24 horas hacían que la gente campase a sus anchas y entablase amistades a la vez que bebía hasta caer cuando le apetecía. Se propusieron servicios de manta y recogida de borrachos… y se hicieron realidad.

Wacken era un sueño al que se le añadió un Metal Market y un escenario en el Beergarten. Cada año las novedades eran mejores pero también los grupos eran más importantes. Tocar en Wacken es como jugar la Champions, así que todas las bandas sacan lo mejor y suelen hacer cosas especiales que difícilmente vas a ver en otros festivales. Nada tienen que ver los shows de otros festivales de Kreator (por ejemplo) con lo que llegan a perpetrar en Wacken. El cartel de Wacken nunca ha sido el más atractivo y han llegado a tener a Carcass de cabeza de cartel (por ejemplo), pero la fama creció potenciada por películas, documentales y el boca a boca hizo el resto.

La cosa creció exponencialmente y en 2006 se llegó a la saturación. Por primera vez se estaba incómodo en Wacken. Se subsanó y el festival continuó creciendo. Es la Meca del metal, como rezaba la publicidad de entonces, y todo metalhead tiene que peregrinar por lo menos una vez allí. Esos pingües beneficios han hecho que Wacken como empresa haya podido atreverse a montar otras aventuras y todas ellas han sido un éxito porque la gente que está detrás son ante todo fans de esta música.

Pero 2017 ha roto con la tónica habitual: hay entradas disponibles. No va a saltar ninguna alarma y Wacken terminará agotando tickets pero sí que es una señal inequívoca de que hay un punto de inflexión. Personalmente lo atribuyo a tres factores: el clima adverso de las últimas ediciones, la competencia y la falta de conciertos especiales.

Las ediciones de 2013 y 2015 fueron realmente duras para los asistentes debido a las fuertes lluvias. Anteriormente sólo 2005 puede compararse, pero el caos de 2015 fue inaudito. Uno ya sabe que el cielo norteño descarga un par de veces con ganas en esas latitudes, pero lo de hace dos años dudo que se repita. Ya no es que lloviera durante los cinco días del festival, es que la semana antes cayó con ganas. Se dio prioridad a accesos y carreteras pero el lodazal en esa edición fue impracticable. Las maderas y paja del 2005 ya no son una opción pues ese mismo año ardió la paja durante el concierto de Amorphis y se tuvo que evacuar la zona de conciertos. Sólo hay una opción en la que trabaja Wacken: levantarlo todo y hacer drenajes. Ellos pueden hacerlo y tened por seguro que están en ello. Pero soportar dos años de infierno de fango en tres ediciones hizo que mucha gente descartara volver.

Por otro lado está la enorme proliferación de festivales, especialmente un Hellfest que a base de excepcionales carteles ya le hace sombra. En nuestras tierras cada año hay importantes mejoras también. El Leyendas se inspira en Wacken y el Resurrection en Hellfest, mientras que el Rock Fest sigue fiel a su tradición. Hay que añadir que a día de hoy hay una cierta especialización y hay muchísimos festivales de calidad dedicados a estilos concretos por no hablar de Downloads, Grasspops y demás, a la altura organizativa de Wacken.

Finalmente uno espera que en el Norte de Alemania se nos ofrezcan platos únicos que únicamente puedan ser degustados en Wacken. Lo de la Trans-Siberian Orchestra fue antológico así como los shows con orquesta de Dimmu Borgir o Apocalyptica. Gamma Ray subieron a Ralph Scheepers, Destruction tocaron con tres baterías, Rammstein invitaron a Heino para cantar “Sonne” o Grave Digger a 100 gaiteros. Pero conseguir exclusividades y ofertas diferentes y rompedoras no siempre es posible. La prueba es que teníamos claro que la reunión de Helloween iba a suceder en Wacken y no ha sido así. Este año lo más rompedor es que actúan The Boomtown Rats, pero para la inmensa mayoría dudo que interese mucho…

Wacken seguirá siendo uno de los grandes, puede que a día de hoy pierda fuelle, pero nunca dudéis de quienes están detrás de la maquinaria organizativa. Volveré sin dudarlo y las sorpresas van a estar siempre presentes. Veremos qué locuras tienen en mente y en cómo quedará Wacken con los drenajes en marcha. Sigue siendo el Disneyland del metal y la gran referencia mundial. La prueba de fuego para todos llegará cuando los grandes nombres desaparezcan y el mundo siga girando sin las bandas clásicas. Y os aseguro que si alguien puede reinventarse ese es Wacken, con sus 80,000 asistentes.

Jordi Tàrrega